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Desde la adolescencia, Emilio exhibía desgarbada fachada y extrema delgadez. En su cabeza alongada se acuñaba un rostro enjuto, adornado con nariz aguileña. Imponían respeto sus pómulos prominentes y estrecha mandíbula cubierta por una barba de tres días que al tacto era lija. Siempre fue desconfiado, frío en el trato y tendente a la soledad. Navegaba sobre las aguas anodinas de una relación matrimonial con una mujer rendida a su desorbitada meticulosidad y su tendencia a las más inauditas excentricidades. Entre otras manías, resultaba enfermiza su obsesión por la escrupulosa limpieza de sus zapatos.

Como cada tarde de partido, se había vestido enteramente de gris, llamando la atención su camisa de talla superior a la que exigían unos escasos y encogidos hombros. Nada más pisar el estadio -le ocurría incluso en encuentros intrascendentes- un sudor frío comenzó a recorrerle la espalda. Y cuando el balón echó a rodar, vino a apretar los dientes y a agudizar la vista como un turista japonés considerando las gárgolas  de una catedral. A los quince minutos de iniciarse el partido, justo después del primer córner pateado por el equipo local, descendió la mirada y, para su disgusto, observó sus empeines cubiertos de cal, lo que le hizo incomodarse.

Cuando los partidos avanzaban hacia el aburrimiento y los equipos especulaban con el resultado, como ocurría aquella jornada, su mente se sumergía en eruditas reflexiones a las que era aficionado. Así, su pensamiento echaba a volar y dibujaba trayectorias aún más endiabladas que el propio balón. La noche previa, antes de dormir, hojeó hasta altas horas de la madrugada un tratado sobre Justicia escrito por John Rawls, pensador y docente en Harvard nacido en Baltimore en 1921. A su esposa le preocupaba que se entretuviera con lecturas tan desconcertantes. La obsesión por la justicia, fruto de una educación esmerada en colegio de frailes jesuitas, era otra de sus obstinaciones. No cabía en su cabeza que la sociedad hiciera la vista gorda a tanta desigualdad, acuciada en tiempo de crisis, y a tan impune desequilibro de oportunidades.

Los últimos minutos de la primera parte resultaron insulsos, con predominio de la cautela, sin posesión del balón determinante por ninguno de los contendientes. Por ello, todos agradecieron el intermedio, aprovechado por Emilio para, con un pequeño banderín que tuvo a mano, hincar la rodilla en el suelo y limpiar su calzado.

Cuando comenzó a rodar la pelota después de tomar un refrigerio, el juego no mejoró a pesar del renovado empuje del equipo local, espoleado por los aficionados más animosos ubicados detrás de la portería donde más castigaba el sol. Ello fue motivo para que sobre el obcecado, de manera inconsciente, sobrevolaran de nuevo los argumentos del pensador cuyo manual descansaba en su mesilla de noche.

Sin embargo, a mitad de la segunda parte, en la zona opuesta a la que ocupaba, el juego se electrizó. El pelotero más escurridizo del equipo propietario del campo se adentró en el área después de driblar con un vertiginoso juego de caderas a tres contrarios y cayó al césped con estrépito. La interpretación, propia de una tragedia griega, fue estelar. El público, a sabiendas de la farsa, suplicó castigo con redoblada saña y el árbitro picó en el anzuelo señalando un injusto penalti, cuya ejecución desequilibró el marcador.

Los siguientes minutos, hasta el final del encuentro, fueron de un completo asedio de la escuadra visitante, envalentonada como un perro rabioso. Esta circunstancia atrapó de nuevo la atención de Emilio, asociándola a la teoría de la imparcialidad de Rawls, que proponía el acuerdo original como principio indispensable a partir del cual podría hablarse de justicia social. Se trataba de un estado que aceptarían las personas libres y racionales interesadas en promover sus propios intereses en una posición inicial de igualdad como definitorio de los términos fundamentales de su asociación.

Cuando el reloj ya marcaba el tiempo de descuento, el equipo visitante gozó de una postrera oportunidad en forma de saque de esquina. Acaudillados por los torreones que formaban la pareja de defensas centrales, los esquilmados apretaron los dientes para aprovechar la última bala del partido. El córner fue pateado por el número ocho con un toque enérgico pero preciso, dibujando una parábola tan perfecta como la senda del arco iris. Allí se elevaron al cielo, previo reparto de codazos, camisetas blancas y rayadas en pos de un balón que planeaba en el aire como un halcón. En un salto asombrosamente poderoso, el delantero centro, con los ojos cerrados, alcanzó la pelota golpeándola con su frente como si le fuera en ello la vida. El balón salió desprendido con la fuerza de un cañón y superó la estirada del portero, impactando en el larguero para descender al piso entre una maraña de gladiadores. El esférico salió, milagrosamente para el guardameta, escupido hacia el interior del campo después de botar justo en la misma línea de gol.

Aquella noche, ya en casa, después de tomar una ducha y besar a su esposa con la displicencia que genera la habitualidad, retomó su engorrosa lectura por un instante. Sin embargo, la tensión acumulada y el cansancio le anticiparon la necesidad de dormir. Apagó la luz y, con su nariz picuda hundida en la almohada, asintió las tesis del profesor Rawls. A pesar de los insultos y desaforada bronca que se originó al final del partido, le satisfizo que la ecuanimidad se abriera paso gracias al premeditado y alevoso alzamiento, desde la banda, de un banderín rojo y amarillo que indujo al árbitro a conceder un gol fantasma que permitió elevar un justo empate al marcador. Por primera vez en muchos años le pasó inadvertida la película de cal que embadurnó sus botas de juez de línea.

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