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Merd!-, exclamó con acento bretón al escuchar pasos en las galerías y el inquietante giro del cerrojo que sellaba la maloliente caverna. Acurrucado sobre un fardo del alpaca, temió ser llamado al cadalso. -¿Quién anda ahí?-, vino a insistir entornando sus ojos vigilantes mientras ponía en guardia unos antebrazos atezados en mil y una refriegas.

Acorde con su aguerrida fachada, el francés mostraba hombros torturados de cargar petates mientras una cicatriz gruesa como una oruga le cosía el cuello. Permanecía prisionero después de ser sorprendido en una emboscada, dos semanas atrás, por un regimiento de tercios españoles.

-¡Señor Moreau! ¡Señor Moreau!-.

-¡Válgame Dios!-, exhortó el despavorido sintiendo el alivio de un perro al reconocer la voz de su amo.

-¡Alegrad esa cara!, ¿tenéis ya la mesa lista?-, saludó con sorna un muchacho irrumpiendo en la desnuda mazmorra con cuidado de no tropezar con las ratas que la cruzaban de pared a pared.

El recién entrado, tocado con un sombrero de paja a pesar del crepúsculo, no contaría dieciséis primaveras. Su salero le agraciaba su tez blanquecina y ojos garzos, adornados con pestañas largas y alegres como un abanico. Gozaba de una sonrisa templada que dejaba entrever unos dientes separados y blancos, como si mantuviera todavía los de leche. El cautivo contuvo el gesto sin conceder ni siquiera una mirada. A pesar del alivio que suponían las visitas del sevillano, su orgullo de veterano soldado le hacía mantener la solidez de un acantilado.

-¡Aquí tenéis la manduca, gabacho!-, añadió el jovenzuelo dejando a ras de suelo, como de costumbre, una sucia y mellada cazuela de latón con una cuchara de palo en su interior.

Al natural de Rennes, si bien de madre aragonesa, le incomodaban las maneras risueñas de aquel imberbe, un personaje más propio de un romance que del sanguinario y lacerante campo de batalla.

-¡Traed acá, chaval!-, exclamó con descortesía anticipando el efluvio de un guiso mientras se ataba las botas y ajustaba su cinturón con la misma galantería que si fuera convidado a la mesa del rey. -Pensé que transcurriría otra noche sin nada que llevarme a la boca…-.

Descansando la cazuela sobre sus rodillas, el penado tomó la cuchara con su mano izquierda y, faltándole el aire, comenzó a dar cuenta de la vianda como un lobo hambriento.

-¿No vais a bendecir la comida, por escasa que parezca?-.

El francés levantó los pesados pliegues de sus párpados perdonando la vida al chico mientras masticaba a dos carrillos. A la vez que abría y cerraba su boca de hipopótamo, en su cabeza en forma de pera no cabía que el español arriesgara la vida de aquélla manera.

–¿Sois consciente de que, si os descubren, ese cándido pescuezo se partiría en dos mitades como una navaja abre un melón de sapo?-.

El español frunció el ceño sonriendo, asegurando que su nuez permanecía en su sitio. Su innata inclinación a elaborar y servir comidas, mayor aún que la enfermiza querencia a hablar por los codos, atenuaría la traición de alimentar prisioneros a hurtadillas.

-Señor Moreau, ¡quién dijo miedo! Agradeced en cambio el sobrante que dejaron los oficiales; están tan ocupados con los previsiones de la inminente contienda que apenas han probado bocado-.

Por las venas de Ramón corría sangre de alacenero. De niño disfrutaba mezclando frutas y huesos de carne con los que cebar a los perros. Y con un embudo colmaba de maíz el buche de las gallinas hasta convertirlas en morrales a punto de estallar. Criado junto al horno, pronto manifestó maneras para el asado de lechones y cabritos, demostrando muy buenas artes, por añadidura, en la preparación de la merluza, el rape, o las brochetas de esturión con un poco de zumo de limón y una pizca de crema de calabaza. Con el propósito de hacer carrera en la Corte, su padre le alistó como pinche en las huestes castellanas. Su buen hacer en la expedición a Francia le hizo entrar al cuidado de las espeteras en las despensas reales.

-¡Podría comer cuatro cazuelas como ésta!-, exclamó el cautivo con los carrillos hinchados como dos soles mientras apuraba hasta el último pellizco del rancho.

-Restos de capones asados y albondiguillas de ternera al gusto del duque de Saboya-, sonrió el muchacho quitándose el sombrero y haciendo una jocosa reverencia como un actor de teatro.

El francés escupió en el suelo ante la alusión al general Manuel Filiberto, lamiendo a continuación el cucharón de punta a cabo.

De repente, se escuchó un trueno como si fuera a abrirse el firmamento anticipando la habitual tormenta vespertina.

-Ya están los de Granada con el vino…-, trató de mantener la pimienta el español para disimular el sobresalto de los destellos.

El prisionero no pudo evitar el dibujo de una media sonrisa mientras Ramón le recordaba su mención, hacía unos días, de una eventual tarea entre arambeles y trébedes.

-Así es, pasé dos meses cortando quesos Gruyere en Brest mientras esperaba el alistamiento al regimiento del almirante Coligny. Pero mon Dieu!, no hablemos más de comida, pues las sobras de capones no hicieron más que despertarme la gazuza…-, advirtió oprimiéndose la boca del estómago para eructar de seguido con el regusto de rumiar el aliento a albóndigas.

El español recogió la cazuela y la cuchara, limpias como una patena, e hizo ademán de retirarse. Tenía por costumbre despedirse del compadre como si fuera la última vez. Al poner la mano en el cerrojo quedó un instante pensativo y, girando la cabeza, volvió sobre sus pies.

-Fuera que no volvamos a vernos, deseo deciros que mi familia regenta, amén de cepas y yugadas, casa de comidas y abacería en Sevilla, donde se sirven los mejores guisos y vinos de toda Castilla-.

Ramón relató con honra, ante la mirada atónita del francés que, unos años atrás, a la mesa fue servido el mismísimo emperador Carolus con una tajada de venado adornada con una capitorada de huevos batidos y un búcaro colmado con caldo de Yepes.

-Por ello me manejo tan bien en estos menesteres-, expresó con el orgullo colmado. –Ardo en deseos de que, Dios mediante, termine esta maldita cruzada para volver al almodrote de berenjenas y a la escudilla de calabaza-.

Al francés se le hacía la boca agua…

-Grande pericia tuvo a bien concederme la Virgen de los Reyes para el arroz con manzana, el caldo para preñadas y la empanada de pichones. Aunque también os quitaría el hipo mi potaje de higos o el gigote de carnero al aguardiente-, relataba mirando hacia arriba como si rezara una letanía para calmar al cielo, que mugía con una fiereza que sólo fuera alcanzada por la jarana de los alféreces granadinos.

-¡Por favor, hombre!, repito que no mencionéis el condumio cuando paso más hambre que el perro de un ciego…, ¿o queréis volverme loco?-.

-Perdonad, señor Moreau, los recuerdos en los fogones de mi casa hacen que pierda el sentido… Ya me marcho-.

Al ver que el francés comenzaba a tiritar de frío, el chico le cubrió la espalda con su propia chaqueta.

-Con esta humedad solo apetece comida caliente…-, prosiguió sin desmayo. -Es una pena que no podáis probar los palominos ahogados con salsa de cornejas o la empanada de pichones que suelo guisar para Navidad. Y qué decir del bacalao en ajada, huevos duros y tortilla de naranja apropiados para cuando comienza a brotar la flor de los almendros…-, recitaba dibujando una sonrisa de bufón.

El bretón, acomodado ya en la alpaca, se turbó de nuevo, oprimiéndose los oídos con sus índices de carbonero y enfureciendo el rostro como un Nerón.

-Y de postre, gustosamente os prepararía una infusión mojada en bizcocho de alfónsigos o una tortada de zanahorias. Aunque, presto a imaginar, también podría ofreceros una rebanada de pan con mermelada de violetas y burnia de higos…-.

-¡Basta!-, inquirió el cautivo levantándose y palmeando al muchacho en el omoplato de tal manera que perdiera el equilibrio y el sombrero volara como un halcón. –¡Por Satanás que si asoma por vuestra maldita boca un nuevo plato no saldréis vivo de esta celda!-.

-Disculpadme de nuevo, don Moreau…-, añadió con su particular seseo mientras se levantaba del suelo librándose de un roedor del tamaño de un pollo enredado con los lazos de sus botas.

Un espeluznante rayo iluminó la escena como si estuvieran a pleno sol. Los dos varones se atemperaron y cerraron los ojos esperando que el cielo se calmara. En el silencio se escuchó la torrencial lluvia que comenzó a caer sobre la techumbre de madera.

-¡Ozú!-, será preciso mantener el coraje, hizo por animarse el sevillano zapateando el suelo al compás de los truenos.

-Fácil es hablar, ¿pero cómo agarrarse a la esperanza en puertas de una contienda donde miles de hombres encontrarán la muerte?-.

Ambos se miraron con gesto compungido.

-Así es, pues el rey Felipe no esperará un día más a las aliadas tropas inglesas y dará la orden de ataque… Treinta y cinco mil hombres están esperando, ahí fuera, instrucciones para comenzar la triunfal campaña-, musitó para sus adentros el chaval atemperando su ánimo.

-¡Qué equivocado estáis! El duque de Montmorency no es hombre que se deje sorprender… Cuenta con más de veinte mil infantes y doce mil caballeros. Y a su favor está que conoce estas latitudes…, lamento deciros que vuestro obstinado rey cosechará una gran derrota-.

-Encomendemos entonces nuestra alma al Todopoderoso…-, concluyó el sevillano santiguándose.

-Será un infierno… ¿No anticipáis ya el olor a podrido?-.

-¿Podrido?-. Ramón cambió de nuevo el gesto en un santiamén, parpadeó repetidamente y se relamió…

-No acabo de descifrar vuestras idioteces…-, quedó absorto el francés.

El español imprimió a sus hombros un suave ritmo como si hubiera comenzado a sonar la música.

-¿Verdad que todavía no os he hablado de la olla podrida?-.

El prisionero miró al español y si hubiera tenido un cuchillo le habría atravesado quinientas veces.

-Guardad que no os podéis ir al otro barrio sin conocer la princesa de todas las mesas en Castilla, alimento de galeotes y gente de toda condición-.

De nuevo tomó aire, se alzó sobre un taburete a la altura de un obispo y, a la velocidad de un rayo, comenzó su congénita cháchara. Sin respirar contó que se trataba de un guiso a fuego lento que admitía varios vuelcos gracias al mestizaje de verduras, principalmente cardos, berzas y repollo, con una añadidura de buenas legumbres como garbanzos y judías…

-¡Vuelcos son los que os daré si no cerráis el pico!-.

-El conjunto hay que sazonarlo con sal gorda y jengibre cubriendo todo con agua y espumándolo de vez en cuando, prosiguió haciendo aspavientos con las manos sin atender a la amenaza del sargento.

-¡Ya está bien! ¡Fuera de mi vista, imbécil!-, le interrumpió agarrando al español por la pechera y arrastrándolo hasta sacarlo del calabozo.

Lejos de apaciguarse, Ramón continuó desde detrás de la puerta susurrando, como si estuviera en un confesionario, su panegírico gastronómico.

-Unas buenas carnes, gallina, carnero, paloma, longanizas, salchichas, zorzales, lenguas de vaca o lomo de puerco le van bien para darle sabor. En días de vigilia, se pueden sustituir por ancas de rana, pues la Iglesia las considera más pescado que carne…-.

-¡Por favor!-.

-Don Moreau, seguro que os preguntáis de dónde le viene el nombre…-.

-Hijo de puta…-.

-Todavía tengo un instante para sacaros de dudas… La olla podrida se debe a su lenta y prolongada cocción, que acaba por deshacer sus componentes. Mi padre dice, en cambio, que la denominación proviene del carácter desmesurado y grandioso por el número de componentes que contiene… ¿Qué pensáis vos?-.

El francés permanecía hundido boca abajo, aturdido, sobre el heno, con las manos en la cabeza. Por primera vez deseó que comenzara la batalla para perder de vista al estomagante…

-Juro que si ambos sobrevivimos a esta contienda que está por comenzar, tendréis la ventura de probarlo en casa…-.

-¡Me entregaría a las garras del sarraceno antes que pisar esa maldita abacería!-.

-Ahora que la mencionáis, os diré también que hice prometer a mi querido padre que de salir airoso del trance y, en agradecimiento a la Trinidad, la abacería pasaría a tomar el nombre del santo del día en que Dios tenga a bien dar comienzo a la batalla…-.

-¡Al cuerno!-, bramó el francés con un vozarrón que hubo de escucharse en Notre Dame.

-¡Dios os guarde!-, fue a concluir el muchacho colocándose el sombrero y desapareciendo sigiloso sin dejar de verborrear.

Al día siguiente, los ejércitos español, británico y germánico del rey Felipe II se encontraron frente al francés. Las tropas comandados por el Duque de Saboya, desplegando un implacable fuego de artillería, infringieron una severa derrota a las francesas en la localidad próxima a San Quintín. Más de cuarenta mil hombres perecieron en la contienda. La histórica jornada transcurrió durante el 10 de agosto de 1557, festividad de San Lorenzo. En su honor, el monarca español decidió la advocación de su nuevo Palacio que se construía en El Escorial.

(VI Edición del Concurso de Relatos convocado por la Antigua Abacería de San Lorenzo de Sevilla)

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