Borriquilla

Tras un trimestre de estresante actividad, Magda decidió pasar la Semana Santa lejos de Madrid. La ansiedad llegó a provocarle insomnio y delirios vespertinos. Necesitaba aparcar el correo electrónico y la agenda atestada de notas y reuniones. También olvidar a su meticulosa secretaria y el maldito cash flow de la compañía a la que brindaba, a cambio de espléndidos denarios, un notable dominio de las finanzas. Y dejar atrás, de una vez por todas, la tormentosa relación con un inmaduro cuarentón demandante de irracional afecto.

Era Domingo de Ramos. Llegó al hotel antes de la hora sexta, aparcando su BMW azulado en la segunda planta del subsuelo. Deshizo en un santiamén su equipaje y sucumbió a la tentación de dejarse abrazar por los almohadones que adornaban la cama de la habitación número 33.  Mientras reavivaba sus labios purpurados frente al espejo, por primera vez en meses se sintió distendida y libre del cáliz que suponía su infernal dietario. Sobre la mesilla de noche reposó el cargador de su smartphone, un paquete de tabaco y un par de libros que le abrigaban el sueño desde hacía unas semanas.

Sin más espera se acercó a la admisión del hotel, echando un ojo al plano de Valladolid, extendido bajo un grueso cristal que protegía el mostrador. Un amable recepcionista con cara de Nicodemo, le anunció, apuntando a la esfera de su reloj, la salida en media hora de la procesión de las palmas desde la Iglesia Penitencial de la Santa Vera-Cruz.

Mientras tomaba con premura un café americano color mirra, trató de hacer memoria de su última estancia en la capital pucelana. Todavía era estudiante cuando visitó una magna exposición en el Museo Nacional de Escultura con ocasión del cuarto centenario de Felipe II.

Salió del hotel y caminó a buen ritmo. La temperatura era más que fresca y el cielo amenazaba agua. Preguntó la dirección a un apuesto viandante con la cabeza afeitada, ojos claros y pómulos marcados, quien se lavó las manos confesando una nefasta orientación. Mientras se abrochaba la chaqueta debido a una repentina sensación de frío, Magda tecleó en su teléfono valladolidcofrade.com, leyendo que la procesión pasaría por la Plaza Mayor.

En menos que canta un gallo se vio en medio del majestuoso espacio, presidido por la Casa Consistorial engalanada de tapices. En unos minutos podría presenciar la Entrada triunfal de Jesús en Jerusalén.

–¡Qué bien se está aquí!, pensó, respirando hondo, mientras sentía cada vez más saludable la desintoxicación de informes financieros, balances y cuentas de resultados.

La plaza permanecía rebosada de gente expectante al paso tallado en el siglo XVI. En la espera, Magda volvió a leer en internet que fue realizado por el escultor Francisco Giralte en papelón -cartón y tela encolada-, salvo las cabezas, manos y pies, esculpidas en madera policromada.

Al instante, por la calle de Santiago aparecieron dos hileras de cofrades con el hábito de túnica negra y bocamangas de encaje, capa de paño verde, capirote, zapatos negros y guantes blancos. Magda pudo ver, desde una posición envidiable, el paso: Jesús sobre la borriquilla con otro jumentillo a su lado y seis apóstoles sujetando palmas y tirando mantos a sus pies…

Los vecinos enfervorecidos disfrutaban la procesión. Le llamaban pelele, loco, mas él lloraba y, en ocasiones, sonreía al referirse a su destino como una liberación. Las mujeres se santiguaban e hipaban y sollozaban con él, pero algunos hombres le escupían y comentaban: ahora tiene miedo, se ha ensuciado los calzones el muy cabrón. De esa manera entraron de nuevo en la calle de Santiago, donde la masa de gente era aún más densa, casi impenetrable, y los borricos avanzaban al paso, entre los alabarderos. Cerró los ojos acunado por el bamboleo del borrico. Oh Señor, -se dijo acongojado-, dame una señal. Le atribulaba el prolongado silencio de Dios. Los tumbos del asnillo en aquel mar ondulante le adormecían. Fuera ya de la Puerta del Campo, la concurrencia era aún mayor pero la extensión del campo abierto permitía una circulación más fluida. Desde lo alto del borrico (…) divisó las hileras de palos, las cargas de leña, a la vera, las escalerillas, las argollas para amarrar a los reos, las nerviosas idas y venidas de guardas y verdugos a pie. La multitud apiñada prorrumpió en gran vocerío al ver llegar los primeros borriquillos.

Dio un respingo sobre la cama. Relajada, se había retirado pronto a descansar después de patear, durante todo el día, la capital castellana. Tras un reconfortante baño de sales y un sándwich mixto, se había quedado dormida. Sin embargo, cerca de las dos de la madrugada se vio coronada de espinas y en su mente delirante se produjo un cortocircuito. Buscó en vano el interruptor de la lamparita de noche y, en un acto reflejo, tomó su teléfono con el hábito temeroso de ser convocada urgentemente al sanedrín de un consejo de administración. Con la respiración alterada, quedó impertérrita al leer la información impresa sobre las glicenias que ilustraban el primaveral fondo de pantalla. Turbada, no supo qué pensar. De nuevo cerró los ojos hundiendo su coleta caoba sobre los dulces almohadones. Deseó que el Señor ya hubiera resucitado, bendijo a su secretaria y echó en falta las barrabasadas del director general. Admitió tratar como una colilla al baboso cuarentón y, por supuesto, anheló como nada en el mundo verse de nuevo envuelta en debes y haberes.

“Pulse el botón de inicio para desbloquear. 01,56 horas. 54% de carga. Lunes, 21 de mayo de 1559”.

A más inri, una extraña solicitud de amistad en Facebook: “Cipriano Salcedo. Fecha de nacimiento: 30 de octubre de 1517. Biografía: De Valladolid. Huérfano de madre desde nacimiento y falto de amor de padre. Hombre bueno, amable y caritativo. Condenado por el Santo Oficio a morir quemado vivo en la hoguera sita en la Plaza Mayor por comulgar con la corriente protestante”.

Muerta de pánico, cerró de un plumazo el libro que cubría el pecho de su pijama de Snoopy: “El hereje”, Miguel Delibes. Ediciones Destino.

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