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Mentón angosto y ovalado. Párpados clausurados con el candado de los siglos y boca entreabierta a mitad de un Adveniat Regnum Tumm. Frente levemente más ancha que la línea del maxilar sinuoso. Pómulos ennegrecidos y prominentes dominando el contorno de un áspero rostro barnizado en mirra. Mejillas decoloradas y macilentas muestran el horizonte de la descomposición. Mandíbula rígida en sintonía con los músculos del cuello. Sin enmienda ha comenzado a descender la temperatura corporal y el rigor mortis asoma a mis labios lacerados.

Las humildes manos que mil veces absolvieron a una Reina permanecen entrelazadas sobre el pecho. Sobresale entre los escuálidos dedos el relieve dorado de la sortija pastoral que otras tantas fue honrada bajo palio mozárabe. Siento la piel flácida y cárdena aún intacta. Los huesos pélvicos, perezosos en el postrero calendario, comienzan con presteza inusitada su andadura hacia el reino de la podredumbre. No soy más que cuerpo almidonado en armazón de hierro y madera. Líquenes insaciables conquistan mi priorato y ya devoran donde una vez hubo abdomen.

Una abismal nube de incienso envolviendo el llanto de los cirios condensa la pesadumbre que anticipa el camposanto. A mi alrededor, apenas imperceptible, escucho pasos arrastrándose por el suelo, murmullos de desconsuelo y un cadente responsorium. Por momentos, las rodillas sienten la gravedad de un beso depositado a medias entre Dios y el diablo.

Mi cadáver, tan apetecido por el infiel en Orán, desprende un intenso olor fétido y dulzón, fruto de una mordaz mezcla de elementos volátiles que cambian según arrolla la putrefacción. Las moscardas, sin respeto ninguno a la regencia, ya detectan el hedor y se posan en la carne ulcerada, inyectando sus huevos en orificios y heridas abiertas. Las irredentas larvas permiten su extensión por todo el desecado cuerpo. Han comenzado en las tripas, en el laberíntico cruce de intestinos, camino sin piedad de los tejidos aledaños.

Alimentándose del cóctel que desprenden unas sumisas células, los intrusos comenzarán a invadir los capilares del sistema digestivo, propagándose por el hígado y el bazo antes de visitar pulmones y corazón. Las cuencas de mis ojos visionarios de la políglota, aguardan ser vaciadas. Y los sesos, amasados a plegarias y fervientes catapultas de la unio regnorum, se parapetan bajo mitra bordada en hilo de oro esperando una vana indulgencia.

Hace ya cuatro horas que yazco inerme. Siempre gocé de una salud similar a la madera que albergan mis despojos y a los muros que levantan la Universitas. El trabajo de toda la vida me mantuvo erguido como el báculo que me acompaña al talud del infinito. A punto de encontrar al rey, mi corazón franciscano dijo basta en esta nebulosa mañana de noviembre. Tras un agrio crujido del pecho, caí al suelo fulminado. Pasados los ochenta años. Aquí, donde reposo sin remedio, en la burgalesa Roa terminó mi periplo.

Tarda ya la mano venerable que redima y abra las puertas a mi expolio…

 

El 8 de noviembre de 2017 se cumplen 500 años del fallecimiento del Cardenal Cisneros, crucial personaje de la Historia de España. Sirvan estas líneas de merecido homenaje.

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