Senado Romano

A mitad del siglo I a.C., los cónsules Julio César y Pompeyo dirigían los destinos de Roma en un inestable equilibrio. En el ocaso de la República y apelando a una ausencia de reconocimiento a su dignitas por parte del poder central que representaba el Senado, el primero pretendió desbancar a su homónimo e independizar su mando en un perverso desacato a las instituciones romanas. Siguió así la estela de Cayo Graco, quien aprobando la lex iudiciaria desdeñó el poder del Senado. “He arrojado al Foro los cuchillos con los que la ciudadanía se despedazará a sí misma”, proclamó el tribuno en el año 124 a.C.

En enero del año 49 a.C. César comenzó a manipular la opinión pública y tomar las medidas preventivas ante el inminente golpe de estado que preparaba. Para hacerse con el poder, abrió un frente ideológico con el objetivo de manipular a la sociedad romana frente al Senado y los Tribunales. Sus tergiversaciones de la realidad adquirieron un alto grado de malicia versando, entre sus tropas, interpretaciones deliberadamente interesadas. Para alcanzar la inmunidad personal en clave de la persecución judicial que se iniciaría contra él, huyó a la Galia.

César escribió su libro Commentarii de bello civili, un habilidoso y sugerente compendio, un eficaz instrumento propagandístico al servicio de sus aspiraciones. Dio cuenta de su decisión presentándola como útil y necesaria para el bien común, y criticó a sus adversarios, tachándoles de poco dialogantes, pusilánimes, insidiosos e irresponsables. Así, pretendía atenuar su manifiesto desacato a las instituciones de Roma. En la misma línea también escribió una carta recogida en el libro IX del corpus de la correspondencia ciceroniana, dirigida a Opio y a Cornelio Balbo, colaboradores de Pompeyo.

Una significativa parte de la opinión pública se mostraba impresionada por el espíritu de diálogo del que hacía gala el cónsul. Detrás de su aparente y engañosa artimaña se escondía un flagrante e ilegal golpe de estado. En su cúmulo de frases convencionales descansaba un ingenioso trasfondo político, propagandístico e ideológico. Su autor era un avezado experto en el arte de la sugestión y un consumado maestro de la demagogia, utilizadas como una daga para engañar a los ciudadanos.

De forma cretina, César afirmó rotundamente que los artífices de la discordia eran sus irreconciliables adversarios políticos, a los que achacaba la responsabilidad del conflicto, echándoles en cara la rigidez del status quo. Como recalcaba la última línea del escrito, eran ellos los culpables de las miserias por las que atravesaba el Estado. Mediante semejante atribución, y a pesar de ser su impulsor, pretendió quedar al margen de la contienda. Al exhortar a Pompeyo a la negociación, abría una vía adicional de exculpación. Su intención era muy clara: todos aquellos que se mostraran dispuestos a abrazar su causa quedarían eximidos de toda responsabilidad. Con ello insinuó que los posicionados en su contra contribuirían a la prolongación del conflicto.

Con esta estrategia, César disminuyó el impacto de una guerra civil que él mismo había provocado y presentó el conflicto como una mera pugna política que podía ser concluida por la vía de la negociación. Con ello, la responsabilidad fue unilateralmente atribuida a Pompeyo. Además, diseñó las líneas maestras de su propia forma de proceder, adornándolas con epítetos tan biensonantes como lenitas, misericordia y liberalitas. Cualquier apelación a la moderación sonaba a música celestial. La alusión a la afectividad confirió al escrito una perversa carga ideológica.

El cónsul sentía una fuerte necesidad de legitimar su ruptura con la leyes romanas y su actuación política. Sirviéndose de una engañosa moderación, formuló su propio programa político, que no fue otro que tomarse la libertad de intervenir manu militari de manera unilateral cuando creyera conveniente, presentar su postura como ponderada y adecuada a las necesidades del momento y perfilarse como un personaje abierto a la reconciliación.

César se presentó ante la opinión pública como un liberador. Así, se autoproclamó como la única opción posible, capaz de garantizar el sostenimiento de la economía y la reconciliación dentro de la frágil arquitectura interna de la sociedad romana. La vía seguida para obtener el ansiado poder era ilegítima y su gobierno atropelló las instituciones, apoyándose en la treta del señuelo y el poder de sus legiones. La vía para implantarlo fue la impasibilidad de miles de ciudadanos engañados y sacrificados ante el altar de una execrable mentira y una insaciable ambición. Cicerón resumió sucintamente el ánimo de César, presentándole como un personaje manipulador y corroído de forma obsesiva por afanes de grandeza y superioridad.

-¡Cal veure quins personatges té la Història!, Carles.

-Cada època té els seus trastocats…

-Per cert, no m’has explicat d’aquest advocat de Brussel·les que has conegut.

-T’explicaré Oriol. Guarda el teu llibre sobre Roma i anem a menjar una mica.

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