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-¡Viva Leo!, gritaban al unísono en el recinto pidiendo la presencia del alemán. La situación se tornaba delicada, camino de deteriorarse aún más, y era preciso tomar decisiones drásticas.

-¡Somos el hazmerreir!, gritó un varón con la camisa abierta y la palma de la mano cubriéndose la cara.

Un grupo de mujeres, con los pómulos humedecidos por el sudor, se desgañitaban palmeando las telas de los abanicos contra sus pechos acalorados. Posiblemente, era el día de mayor temperatura del verano en Sevilla.

-Olé, olé, completaban la exhortación unos chavales de no más de quince años mientras enarbolaban banderas y batían pañuelos.

Las negociaciones, de las que se hizo eco la prensa internacional, estaban muy encaminadas. El presidente se atrevió a asegurar que Leopoldo estaría en España muy pronto. El padre del teutón, de nombre Carlos Antonio, confirmó la noticia sin rodeos.

-¡Leo, olé, olé, si me eligen!, proseguía el populacho desafiando a un sol que caía a plomo.

-¡Se acercan días gloriosos!, se escuchaba en los corrillos, a modo de oráculo, en la confianza en que el pretendido no cambiara de parecer. Leo era todo un golpe de efecto y sus cualidades acabarían por enderezar el rumbo errático de los últimos años. Sin embargo, desde París comenzaron a llegar noticias confirmando que el alemán iba a ser tentado con una gran suma de dinero.

Leo tenía el cuerpo proporcionado de los nacidos en Krauchenwies: alto, espigado y adornado por hombros anchos y rectos como las perchas. La chaqueta Norfolk que le gustaba lucir realzaba su torso atlético. Poseía nariz apuntada y una mirada azulada y perenne, igual que retratado al óleo. Una barba rubia y bien peinada adornaba su esbelto mentón. La posibilidad de venir a España le había dibujado una sonrisa tuna. Ni él ni su joven esposa portuguesa, con la que tenía tres vástagos, podían disimular el entusiasmo.

-¿Pero quién es ese Leo, compadre? Preguntó un despistado sudando como un jamón de Aracena.

-¿Sois el único en saber quién vendrá dentro de ?

-Ni idea, pisha…

-¿No escucháis?

-El hombre se llevó la palma de la mano a la oreja concentrándose en los cánticos que emergían de la plaza: ¡Olé, olé, si me eligen!

-Ya me dirás a quién eligen…, se atrevió a añadir el de Triana, plegando los párpados y levantando los hombros al cielo.

-El vecino se acercó al oído y le sacó del entuerto: Hohenzollern Sigmeringen.

Desde la revolución de 1868, el príncipe Leopoldo Hohenzollern Sigmaringen fue candidato elegido por el gobierno español para ocupar el trono después de Isabel II. El general Prim abrió un período de negociación y ambas partes llegaron a un acuerdo. Los españoles vieron con muy buenos ojos la llegada del nuevo rey. Sin embargo, Napoleón III no consintió que Prusia y España quedaran unidas por la misma dinastía y torpedeó el acuerdo. Esta desavenencia fue el detonante de la gran guerra franco-prusiana que acabaría con la victoria teutona y la proclamación, el 18 de enero de 1871, del Imperio Alemán en el Salón de los Espejos del Palacio de Versalles.

 En España, su venida se vio como la posibilidad de salir del profundo atolladero político y social. Dada la complejidad del nombre y apellido del alemán, pronto se buscó un dicho que facilitara el léxico: ¡Hohenzollern Sigmaringen! ¡olé, olé, si me eligen!

 Finalmente, las desavenencias en Europa obligaron a descartar la opción del príncipe alemán y el trono fue ocupado por Amadeo I de Saboya.

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