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Elevó su mirada de gacela a la barra de menús del MacBook. La batería urgía conexión a la corriente y el reloj decantaba sus dígitos hacia las veinte y treinta de la tarde. Un bonsái de flor de azalea y un gato boteriano de terracota, tumbado sobre una pila de documentos, rompían la monotonía de una mesa de cristal cubierta por un colosal mantel de apellidos y guarismos. Un café entre cada cometido servía de licencia para estirar las piernas y alisar la negra falda de tubo.

Lección de inglés, reunión con el staff financiero y despido de la fullera jefa de ventas por la mañana. Repaso de expedientes al compás de naipes despachados en una partida de póker, un par entrevistas para cubrir el puesto de informático en la sede Norte e informe para el comité del lunes, completaron la maratoniana jornada. The tasks of the day palpitaban en rotulador fluorescente sobre la moleskine como si advirtieran de un tramo peligroso en la autovía del veintisiete de mayo.

-Pero, ¿cómo puedes vivir así?, le interpelaban Marta y Erika al constatar un estado de excitación permanente.

-Nada es por casualidad, queridas amigas. El éxito conlleva sacrificio, solía contestar la directora de recursos humanos antes de soltar una carcajada evidenciando sus procaces patas de gallo.

Helena escribía su nombre con hache desde que visitara Mikonos en julio de dos mil doce. Quedó tan seducida que, si no fuera por el temor a ser tomada por chiflada, firmaría como Ἑλένη López Martínez. Era una mujer arrolladora. Desde adolescente esculpió un carácter competitivo.

Obcecada como una Atenea, exhibía una irreductible sonrisa botox. Sus habituales tacones de antelina encarnada añadían elegancia a una estatura de por sí dominante. Y un sincrónico engranaje de caderas imprimía métrica y dogma a su zancada. El maquillaje que ensombrecía sus mejillas dulcificaba el rubicón de los cincuenta; y los ojos rasgados, asomados a colosales abanicos de rimel, destilaban magna ambición. Una viscosa codicia de éxito condicionaba su modus vivendi desde que comenzara a trabajar en White Stripe Ltd. Le hechizaba la capacidad de decidir el destino de sus colaboradores y se sentía una Cleopatra dictando órdenes o ejecutando despidos.

Salió del despacho después de salpicar su cuello de gotas Madmoiselle. Con el pulso acelerado tomó el ascensor para descender los veinte pisos que separaban la planta noble del mundanal bullicio. La apacible temperatura anticipaba una incipiente primavera.

Con su paso imperial entró en el Corte Inglés, saliendo al poco tiempo con varias bolsas después de visitar la sección de lencería. Cruzó la calle Preciados dejando atrás la terraza del Starbucks. Según doblaba la esquina, una voz grave, sobresaliendo entre la algarabía, sorteó los pendientes de aro y penetró sus oídos:

-¡El 00001 para el sorteo de esta noche!, vociferó un hombre apostado a la pared.

Helena asió el bolso con gesto de desconfianza y juntó sus pies esperando que el semáforo permitiera el cruce de la vía. Derivó la mirada hacia sus pantis de corte francés y la mente obstinada al preocupante absentismo del departamento de ventas.

-Algún día tocará y verán…, apostilló la voz quebrada.

En cuanto la señal mutó en verde, la ejecutiva aceleró sus pasos como cuando está para llover. Mientras atravesaba la calle, todavía pudo entender entre el alboroto: -Háblame, Musa, de aquel varón de multiforme ingenio que, después de destruir la sacra ciudad de Troya…

-Hay que ver qué pena…, susurró entre dientes con la insolencia de una madre ante las boberías de su hija adolescente.

El viernes apenas pegó ojo. Enfundada en un pijama de estampado escocés, hasta las cuatro de la madrugada estuvo preparando el trascendental informe. La mañana del sábado quemó calorías en el gimnasio para visitar después el concesionario de Audi. Se encaprichó del Sportback 5 a pesar de tener un vehículo prácticamente nuevo. Como huyendo de un fuego pisó el acelerador hasta alcanzar una velocidad inconfesable y un grueso nudo marinero vino a formarse con las amígdalas del vendedor.

De vuelta a casa enfiló el supermercado e hizo una visita relámpago a su sobrino Carlitos: -Tía Helena, papá dice que algún día vas a perder la cabeza…

A las tres había quedado a comer, o lo que surgiera, con un antiguo novio después de varios años sin verse. Y por la tarde llamó a su amiga Erika para ir a visitar In lapide depictum, exposición en reunía en el Museo del Prado una selección de obras realizadas sobre piedra monocroma.

-Necesito descansar, Helena. Perdóname, de verdad…

-¡Venga, anímate, después iremos a cenar shusi! ¡Tengo muchas cosas que contarte!

-Mira, creo que me quedaré en casa. ¿En serio no vas a relajarte ni el fin de semana? No me extraña que espantes a los hombres…

El domingo se levantó a las siete y completó el indomable documento con diecinueve nuevas pantallas de Power Point. Seguidamente se enfundó sus Levi’s y fue a echar unas carreras en el circuito de karts. Sin dilación, comida con antiguas amigas de la universidad y por la tarde al cine. Y antes de dormir, un ojo a un par de temas del master de Desarrollo de Talento que cursaba en ESINE.

-Hija mía, qué orgullosa estoy de ti. ¡Cómo te cunde el tiempo!

-Es cuestión de organizarse, mamá…

-Pues díselo a tu padre. Aquí está sentado todo el día en el sofá…, sentenció la mujer después de una conversación de hora y media.

El lunes comenzó como de costumbre. El evento crítico, el comité de dirección, fue un éxito rotundo. El informe, completísimo, recibió una felicitación unánime. La escasa rotación de personal, un contrato de alta dirección perfectamente negociado y varias incorporaciones exitosas en los últimos meses provocaron el reconocimiento por parte del director general, un tipo complaciente vestido de Armani que llevaba a gala haber estudiado en Harvard.

Helena, con hache, trató de dominar en vano el cabello rebelde que envolvía su gesto vanidoso. El cruce de piernas nada más sentarse a la mesa colegiada confirmó su profundo endiosamiento. Terminada la reunión, a las veinte y cuarenta salió del edificio con una exuberante ínfula de pavo real.

-¡Para hoy el 05216, acabado en seis!, escuchó al pasar a la altura del majareta del día anterior.

Esta vez, menos temerosa, atenuó su ritmo para observar la fachada del enigmático varón. De soslayo vio que vestía como un hierático rapdosa. Su rostro era resplandeciente y anguloso, como de otra época. Una barba rizada le adornaba la faz tostada y azotada por viento mediterráneo. Nunca antes había visto un vendedor de cupones vestido con túnica anudada al hombro. Protegían sus robustos pies unas sandalias de cuero de buey. A su lado, permanecía recostado un enorme sabueso helénico.

-Llegarás primero a las sirenas, que encantan a cuantos hombres van a su encuentro. Aquel que imprudentemente se acerca a ellas y oye su voz, ya no vuelve a ver a su esposa ni a sus hijos pequeñuelos rodeándole, llenos de júbilo, cuando torna a sus hogares; sino que le hechizan las sirenas con el sonoro canto, sentadas en una pradera y teniendo a su alrededor enorme montón de huesos de hombres putrefactos cuya piel se va consumiendo.

Al instante se abrió el semáforo y la manada de peatones se abalanzó sobre la calzada. Sin embargo, Helena permaneció inmóvil durante unos segundos como una estatua de sal. Llevó la palma de la mano a su frente y, volviendo en sí, inició la marcha cuando ya sonaba la intermitente señal acústica.

Llegó a casa y, sin cenar, se dio una ducha. Apenas durmió preparando la agenda del día siguiente que tenía en la sede de Bilbao su hito más destacado. A las seis de la mañana ya estaba tomando su café antes de salir para el aeropuerto.

-¡Sólo queda el número 09022!, escuchó a la tarde siguiente cuando volvía a casa después de otra frenética jornada.

Sin ser consciente, la declamación del hombre indescifrable comenzó a causar en la directora, con el paso de los días, un sutil embelesamiento. Podría ya reconocerla entre mil.

-¡Forastero querido! Jamás llegó a mi casa otro varón de tan buen juicio entre los amigables huéspedes que vinieron de lejanas tierras a mi morada; tal perspicuidad y cordura denotan tus palabras. Tengo una anciana de prudente ingenio, que fue la que alimentó y crió a aquel infeliz después de recibirlo en sus brazos cuando la madre lo parió: ésta te lavará los pies aunque sus fuerzas son ya menguadas.

Una tarde, semanas después, los pies de Helena permanecieron petrificados en el bordillo de la calle como si los tuviera hundidos en un barrizal. Dos veces consecutivas se abrió y cerró la señal del semáforo.

-¿Necesita ayuda, señora?, le preguntó un viandante al sentirla ensimismada.

Haciendo caso omiso y como quien se resiste a aceptar la realidad, tragó saliva y puso un pie en la calzada para volverlo a subir de nuevo al bordillo. En vano intentó dirigir su pensamiento a la sopa de letras y números que inundaba la mesa de su despacho. La dicción melodiosa del titán comenzó a acariciarle el alma:

-¡El 10653 para hoy, señores!, reclamó la atención para destilar nuevos versos: -Diciendo de esta guisa, acrecentóle el deseo de sollozar; y Odiseo lloraba, abrazado a su dulce y honesta esposa. Así como la tierra aparece grata a los que vienen nadando porque Poseidón les hundió en el ponto la bien construida embarcación, haciéndola juguete del viento y del gran oleaje; y unos pocos, que consiguieron salir nadando del espumoso mar al continente, lleno el cuerpo de sarro, pisan la tierra muy alegres porque se ven libres de aquel infortunio: pues de igual manera le era agradable a Penélope la vista del esposo y no le quitaba del cuello los níveos brazos.

El viernes siguiente, Helena reflexionó sobre sus últimos éxitos para lanzar un órdago a la empresa. Solicitaría una fuerte subida de sueldo al intuir que no sería complicado torcer la voluntad del consejero delegado. El lunes pondría en marcha su plan. Mientras tanto, como ya era habitual a última hora del cada tarde, su juicio fue absorbido por aquel sobrehumano vendedor de cupones. Esta vez le vino a la cabeza la idea de comprar un número.

-¿Por qué no pudiera el oráculo estar de mi parte?, se preguntó.

Pasadas las nueve, Helena tomó el ascensor y salió a la calle. Olía intensamente a lluvia de tormenta y las irritadas bocinas de los coches denotaban un tráfico denso y bullicioso. Ese día vestía ajustados pantalones negros y una chaqueta corta de color manzana.

Mientras avanzaba, su mente embelesada parecía ya sumergirse en la métrica de los versos y su cuerpo volar sobre la inmensidad del Egeo. Bajo las verdes sombrillas del Sturbucks reconoció percibir las siluetas de Aquiles Pelida, Patroclo, Antíloco y Ayax. Al doblar la esquina sintió el fervor de pisar Itaca y buscó con la mirada al Telémaco de la ONCE.

Quedó perpleja. Encarnó las cejas doblando el cuello de derecha a izquierda como quien acaba de sufrir el más terrible de los infortunios. Ni isla, ni gloria, ni dioses, ni rastro del sabio Peleo. Tampoco del rubio perro guardián. La baldosa salpicada de lluvia se había tragado al imperturbable héroe y una sensación de profundo desasosiego inundó su alma inerme.

-Señora, ¿seguro que se encuentra usted bien?, volvió a preguntar, esta vez, un miembro de la policía urbana del Ayuntamiento de Madrid.

De repente, unos zapatos negros de cordón con los tacones desgastados hacia dentro se hicieron presentes como caídos del cielo. Un estruendoso trueno pareció partir el firmamento comenzando a llover de forma intensa. Desconcertada, Helena levantó la mirada observando unos pantalones de lino grises. De seguido una camisa negra cubriendo una pechera, como la de un comandante, condecorada por un colorido mosaico de boletos de la suerte. Sobre el cuello ancho asomaba un rostro enjuto y completamente calvo, abrigado con gafas oscuras. Una pequeña cartera de cuero le cruzaba el hombro y, en su mano derecha, sostenía un paraguas con tres varillas rotas.

Helena se frotó los ojos aguantando la respiración. Sin dilación se dirigió al recién llegado con nerviosismo: -Perdone, ¿sabe si vendrá hoy su compañero?, se atrevió a preguntar dibujando una sonrisa forzada.

-Disculpe señora, ¿habla conmigo?

-Sí, me refiero a su amigo vestido con túnica blanca. Seguro que le conoce.

-Mire usted, pero yo ocupo esta esquina desde hace cinco años, contestó prudentemente el vendedor con gesto extrañado.

-Pero, ¿usted es…?

-Romero. Juan Romero. Nacido en Lavapiés y ciego desde chico.

Helena cerró sus ojos azul acero alisando de manera inconsciente su pelo mojado. Se giró y, cual centella, rompió a correr atolondrada. En su huida hacia el Hades perdió un zapato, como una Cenicienta, al entrar en un taxi. Entró en casa nerviosa, sacudiendo un portazo sin sacar las llaves de la cerradura. Le temblaban las manos. Después de acercar sus ojos vidriosos al espejo del baño buscó en el bolso y extrajo su Iphone.

-Estoy mal Erika. Necesito tu ayuda…

Elena López Rodríguez rompió a llorar amargamente cuando cayó en la cuenta de que esa tarde, por primera vez en mucho tiempo, no había consumido la blanca rayita de cocaína.

La iconografía grecorromana ha consagrado el noble rostro barbado de un anciano ciego como el de Homero, un rapsoda del siglo VIII a.C. Autor de la Ilíada y la Odisea, poemas épicos con que se inaugura la literatura griega y la occidental y cuyo vigor lírico y narrativo permanece fresco desde hace miles de años. Su nombre y sus obras han alcanzado la gloria y alimentado mitos, narraciones y leyendas a través de los siglos, sin que hayan perdido su fuerza original.

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