Captura de pantalla 2018-06-29 a las 20.22.30

Hoy es su día. Cumple noventa pero los médicos dicen que está hecho un toro. Pienso que es sólo para darle ánimos porque yo lo veo un poco chatarra. Por lo menos ha dejado de fumar, que no es poco. Sigue tan bromista. Y cuando ríe parece que está comiendo sandía. Porque a mi abuelo le gusta mucho la sandía.

Como soy el que nació primero de todos los nietos me pusieron el mismo nombre, aunque a mí me llaman Epi. Al principio no me gustaba pero ya me he acostumbrado. Qué remedio, a ver. Tengo quince años y me gusta escribir historias. Pienso que no lo hago mal aunque mis primas de doce, las de lacitos en el pelo, dicen que no cuento más que chorradas. Yo paso de ellas, la verdad. Son un poco idiotas.

Aquí estamos para tirarle de las orejas. Esta tarde no parece un abuelo, parece Dumbo. Entre los regalos, le ha hecho mucha ilusión un álbum digital de fotos que hemos comprado en el MediaMarkt. Y es que mi abuelo no es tonto. Más bien el lerdo soy yo, que se me ha ido la olla y le he comprado un cenicero. Menuda bronca me ha echado la yaya. Y con razón.

Ahora, mi hermano de cinco años le coge al abuelo Epifanio ese dedo tembloroso que parece una morcilla y lo pasa por la pantalla para ver las fotos. Le gusta la que está con la abuela –que sigue regañándome, la pesada-, vestida con un traje blanco reluciente. En la escalinata de la iglesia de los Jerónimos, creo.

-Fue un día precioso a pesar del frío, dice emocionado antes de chupetear la pantalla con un beso y hacer un gesto a mi abuela para que me deje en paz de una puñetera vez. Esto lo ha dicho él. Yo no digo tacos.

Las siguientes son de la luna de miel por América. El abuelo Epifanio siempre ha estado muy pirado por el baloncesto y aprovecharon para ver un partido de la NCAA.

-¡Lo recuerdo como ahora mismo. Era el veinte de enero de 1968!

El yayo cuenta que en el Houston Astrodome, o como se pronuncie porque no saco muy buenas notas en Inglés, había 52.693 espectadores. Lleno hasta el culo, vamos. Y que fue el primer partido de fase regular universitaria televisado para toda la nación, que creo que se escribe eeuu.

-¿Quién ganó abuelito? Pregunta mi prima Margarita de cinco años con su voz de pito.

-Houston ganó 71-69, rompiendo una racha de cuarenta y siete partidos invictos del equipo californiano. Fue el partido del siglo.

Como lo ha contado muchas veces, ya sabemos que ahora el abuelo va a relatar que en el equipo local jugaba un tío muy alto y muy negro. Mi madre dice que ahora es mejor decir de color. Y que nació como Ferdinand Lewis Alcindor, o algo así, en Nueva York, dos años después de terminar la Segunda Guerra Mundial. Yo ni sé cuándo fue esto pero seguro que hace la tira de años. El grandullón pesó casi seis kilos y midió cincuenta y siete centímetros. Un pasote total. Y el abuelo dice que cambió su nombre a finales de 1971, una vez convertido al Islam después de leer una autobiografía de Malcolm X. De esto no tengo ni pajotera idea. Lo escribo y punto.

-¡Abuelo, ahora toca contarnos cómo conociste a la abuela!, dijo mi primo Andresito levantando la mano como si estuviera en su clase de cuarto de primaria.

Como ya lo sabemos, pues que se tire el pisto otra vez contando que se conocieron en la celebración de una victoria del equipo de baloncesto de su colegio. Que era el San José de Calasanz de Madrid.

-Papá, ¿vas a repetir otra vez lo mismo?, se escuchó desde la mesa de los mayores ocupada por mis padres y los tíos. Será de mala educación hablar con la boca llena pero ellos bien que lo hacen manducando sándwiches de queso y jamón york.

El abuelo se enfada un huevo cuando los mayores le dicen estas cosas. Menudo es. Yo se lo noto porque arruga la nariz y se sube los calcetines. Así que todavía con la voz más alta, para que le oyeran los mayores, relató que la abuela había sido invitada por unas amigas cuyos hermanos también jugaban. Con quince años, el abuelo Epifanio era el mejor del equipo. Los mismos que tengo yo ahora. Flipo.

-¡El capitán!, apostilló con una voz que parece de las películas de piratas.

También el más viejales. Sus compañeros tenían en él toda su confianza. Sin embargo, a media temporada se jorobó la rodilla. Con lo que duele. Dos operaciones y el temor a no poder volver a jugar. Perdió agilidad y su juego no volvió a ser como antes.

-Quieres decir que te chuleaban con el balón, ¿no?

Su entrenador, que debía ser un poco estúpido como mis primas, le descartaron para el final de temporada. Algunos compis, los muy cabritos, vieron la ocasión de quitarle el puesto. Así que el pobre se quedó para chupar banquillo.

El equipo del colegio había hecho una temporada super guay y había llegado a la final. Su contrincante, el equipo de los Escolapios de Barcelona. Con la rabia que tengo a los catalanes con todo esto de Puigdemont.

El abuelo dice que las gradas estaban enfervorecidas –acabo de aprender esta palabra-. El partido resultó igualado. El marcador no reflejó más de dos, tres, a lo sumo cuatro, puntos de diferencia.

-¡Llegamos al último minuto con empate a 78 puntos!

Faltando veinticuatro segundos anotó el equipo de los asquerosos catalanes, como dice mi tío Manolo. Después de un tiempo muerto solicitado por el entrenador del San José de Calasanz, el equipo sacó de fondo. El base avanzó rápidamente hasta alcanzar le media pista y caracoleó varias veces ante la defensa férrea del base contrario. La presión era brutal y el ruido ensordecedor –mira, esta palabra tampoco la sabía-. El reloj marcaba los cuatro últimos segundos y el alero lanzó el balón jugándoselo todo a una carta. El balón rebota en el aro y sale escupido hacia la pista. Varias manos se levantan la cielo tocando el balón que sale fuera de banda. El árbitro pitó señalando saque para el equipo madrileño. ¡Menuda emoción, colega!

Quedan dos segundos y el campeonato está en el último tiro. El entrenador vuelve a pedir tiempo muerto. Mira a los miembros del equipo para dibujar la última jugada en la tablilla esa en la que yo pienso que nadie se entera de nada. Hacen los mismos gurrapatos que mi hermano pequeño en la pared cuando se descuidan mis padres.

Nadie se ofrece, ninguno quiere arriesgar. Todos unos cagados.

-¡Salgo, míster!, dijo el abuelo Epifanio. Con un par.

El entrenador le mira fijamente y ordena el cambio. Con una frialdad de acero se coloca en posición de pase. Se reanuda el juego y la pelota le llega como estaba previsto. La bota un par de veces y, haciendo una filigrana, se la pasa entre las piernas. Respira, levanta sus largos brazos y lanza…

Justo en el momento más inoportuno, viene la abuela con la tarta de nata y chocolate adornada de fresas con –muchas- velas. Yo creo que lo ha hecho aposta para que el abuelo termine su rollo. Pero bueno, todos nos quedamos flipados con la tarta.

-¿Por qué las tartas de la abuela saben mejor que las tuyas, mamá? Se escucha a mi prima Estefanía.

-La experiencia es un grado, responde el abuelo levantándose un poco mosqueado.

-¡A la bim, a la bam, a la bim, bom, bam, abuelo, abuelo, y nadie más!

-La belleza no tiene edad, añade mirando de refilón a la mesa de los mayores mientras hace una bola con el papel de envolver los regalos, eleva el brazo derecho y, dibujando un perfecto sky-hook, logra encestarla en la papelera en la pared opuesta del salón.

Kareem Abdul-Jabbar dejó el baloncesto a la edad de 42 años siendo un ejemplo de jugador veterano. Algunos le llamaban “el abuelo”. Se retiró como el máximo anotador, taponador, reboteador defensivo y el que más partidos y minutos disputó de la historia de la NBA además de poseer el récord de más MVP de la temporada con seis y ser el jugador que más All-Star Game disputó. Fue elegido diez veces en el mejor quinteto de la NBA. Su lista de logros personales y colectivos es la más impresionante en la historia de la liga: Rookie del Año campeón de la NBA en seis ocasiones con los Bucks y Lakers, dos veces MVP de las Finales de la NBA diecinueve veces All-Star y dos veces máximo anotador de la liga. También posee ocho récords de playoffs y siete de All-Star.

 -Yo creo que todos los abuelos son guays, la verdad.

Epi.

 

 

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