Sábado de tiempo cambiante, como acostumbra marzo. Sol, lluvia, viento y vuelta a empezar. Una humeante cazuela de sopa aguarda en la cocina de la que fue mi casa. De letras, para el trago amable de mis sobrinos. Antes de sentarnos a la mesa, ojeo el periódico que mi padre adquiere con la habitualidad de ir al lavabo: “En mi época no pasabas el examen de ingreso en Bachillerato si tenías una falta. Alguien en algún momento empezó a lanzar la idea de que el rigor en la ortografía era autoritarismo”, afirma el director de la RAE en un titular.

Doy fe de una crónica fascinación por la ortografía. Es lo que tiene oler a libros desde la cuna. Dime cómo escribes y te diré quien eres, añadiría sin duda al refranero. Siento dolor de muelas al leer de mis alumnos “asiduidaz” o ser preguntado en la gasolinera si la última letra de mi DNI es “ka” de casa o de queso.

Ello no es óbice para apechugar con las diabluras de los mil y un fantasmas que saltan entre líneas como los comecocos de un videojuego. Por más que se rocíen con pesticida siempre verdean, por arte de birlibirloque, las execrables erratas. Y pretender su exterminio es poner puertas al campo.

Me enervan especialmente en los libros propios, que tampoco son tantos. A pesar de clavar mil ojos en escritos y manuscritos, el roedor deposita el vil excremento en el lugar más inopinado. Es leer un docena de veces “abrazar” sin la sospecha de que el trilero ya ha decidido, cual estafador, la defecación de “abrasar” en la versión definitiva. O toparte con una palabra dentellada que te deja a los pies de los caballos con una expresión como “escupir un Pedro de Alcántara” teniendo intención de aludir a la labor de tallar el santo.

Al llegar a casa tomo un ejemplar del Quijote de mi biblioteca editado con ocasión del IV Centenario de 2005. Y reparo en el testimonio de erratas firmado por Francisco Murcia de La Llana: “Este libro no tiene cosa digna de notas que no corresponda a su original; en testimonio de lo haber correcto de esta fe. En el Colegio de la Madre de Dios de los Teólogos de la Universidad de Alcalá, en primero de diciembre de 1604 años”.

Murcia de La Llana era natural de la localidad conquense de Priego, hijo de Martín de Murcia y de María Duro. Desde el año 1601 fue corrector ordinario de la Universidad, conjuntamente con los licenciados Vicuña, Cristóbal de Orduña y el doctor Alonso Vaca de Santiago. Puestos a imaginarlo, lo hago con la sonrisa pícara del Tío Gilito y trazas de personalidad a medio camino entre el avaro de Moliere, Francisco de Goya y Federico Trillo, quien durante una visita a El Salvador no dudó en animar a las tropas allí presentes con un ¡Viva Honduras!

A partir de 1607 aparece en Madrid actuando a veces como pagador y otras como receptor. Habitaba en casa propiedad de Carlos Musitelli en la calle Mayor y un año después compró inmuebles junto a la Puerta del Sol. En 1622 vivió en la Plaza Mayor junto a la escalera que baja a la cava de San Miguel. Se casó con doña Clara de Ribas, natural de la corte e hija de Carlos Pablo de Ribas y María Ortega. Al contraer matrimonio también adquirió la obligación de ejercer la curaduría del licenciado Francisco de Ortega y de los hermanos de su mujer.

Debido al prestigio como traductor y compilador de obras trasladadas al latín o al castellano, así como su experiencia en la corrección, el rey lo nombró corrector general de libros. Así, por cédula real, otorgada el nueve de abril de 1609 se dispensa la mencionada merced con un sueldo de cuarenta mil maravedís anuales, aumentando en diez mil en 1612. Además de ello cobraría ocho maravedís del derecho de corrección de cada pliego con su original, tasa que se vería incrementa en 1618 a diecisiete.

Dos años más tarde, Murcia de La Llana eleva sin rubor una petición para aumentar sus honorarios. Apeló a los gastos sobrevenidos de sufragar el sueldo de un oficial y a la tendencia a trasladar originales a Alcalá, Valladolid y Salamanca. El cotizado corrector pide un acrecentamiento de salario hasta los seiscientos ducados anuales. En diciembre de 1635 obtiene del rey, además, la merced de licencia para otorgar, bien en vida o tras fallecimiento, el título de corrector a uno de sus hijos.

Cabe pensar que los derechos alcanzados obedecieron a una intachable capacidad de corrección. Sin embargo, no es oro todo lo que reluce. De hecho, sobresale entre sus trabajos un sinfín de erratas y sinsentidos que campean por el texto más singular que pasó por sus manos: El Ingenioso Hidalgo don Quijote de La Mancha.

Uno de los flagrantes errores que pasa por alto acontece en la primera salida de don Quijote un día de julio. Cuando Sancho escribe a su mujer cuatro meses después, sigue abrasando sobre la meseta castellana el sol de julio. Y hacia la mitad de la Segunda Parte es todavía dieciséis de julio. Unos capítulos más adelante, caballero y escudero llegan a Barcelona en vísperas de san Juan, festividad que el calendario sitúa el veinticuatro de junio. El despiste de Murcia de La Llana es equiparable al gazapo del diario El País años atrás: “Líbano lanza una ofensiva en la frontera con Soria”. O al lanzado por la presentadora del telediario matinal de TVE cuando se refirió a Pablo Iglesias como el líder de Pokemon.

Otras inadvertencias hay que situarlas en los capítulos 10, 29 y 30 de la Primera Parte, pues no se corresponden con lo anunciado en los epígrafes. En el 36 el autor dice que “trata de la brava y descomunal batalla” cuando en realidad el combate aludido ha terminado en el capítulo anterior. Además, en la Primera Parte no hay epígrafe ni capítulo 43; salta directamente del 42 al 44.

En el capítulo 36 de la Segunda Parte se escribe una “Carta de Sancho Panza a Teresa Panza, su mujer”. Sin embargo, en el capítulo 52 de la Primera puede leerse que “…respondió Juana Panza, que así se llamaba la mujer de Sancho”. Y en el capítulo 50 el epígrafe adelanta que “…el suceso que tuvo el paje que llevó la carta a Teresa Sancha mujer de Sancho Panza”. ¿Cuántas mujeres pensó Murcia de La Llana que tendría el escudero bonachón y gordinflón?

El Quijote es una obra sembrada de trompicones debido a que el autor se vio en la necesidad de escribir con precipitación y desaliño, sin tiempo para el recomendado pulimento. Era habitual que los escritores confiaran en la fe de la corrección real antes de la impresión. Cuando Cervantes escribió la mayor parte de sus piezas era ya un hombre de edad avanzada para los estándares de principios del XVII. Sin embargo, los correctores dieron por buena la edición. Menéndez y Pidal confesó que hay evidentes descuidos, enmiendas a medio hacer y desenfadados alardes de incongruencia y despropósito.

Tampoco reparó nuestro afamado funcionario en que el propio Cervantes firma su apellido con “b”, con el motivo aparente de querer distanciarse del “ciervo”. Al pronunciar “Cervantes” y “ciervo” podría incurrirse en cierta confusión, por no hablar del supuesto mimetismo con la cornamenta del animal. En descarga de La Llana, la “b” y la “v”, sin diferencia fonética como en latín, se utilizaban a capricho. No había normas. La Academia las fijó en el siglo XVIII con la primera regularización ortográfica.

En fin. Ni siquiera quienes lo corrigen todo –incluso untado de maravedís- están exentos de cometer errores. Hasta el mejor escribano echa un borrón o al mejor galgo se le escapa una liebre. La perfección, por mucho que duela, no existe. Es pura neurosis. Sin embargo, no es coartada para la laxitud. Más aún, el hedor de la errata es señal de la obligada aspiración al rigor ortográfico. Como el agresivo aguacero de primavera o la patada al diccionario fruto de la capciosa combinación de letras en la sopa. O como apellidarse La Llana en vez de Lallana.

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