Fue toparte con aquel hombre y volar la mente hacia la aurora del siglo XVII. La viveza de sus pupilas parecía trasparentar la convulsión de la atmósfera castellana del tercer Felipe. Cabal, lenguaraz y a la vez purista como un sermón de cuaresma. Asiduo en la empuñadura de la cazoleta, en ajustes con celestinas y lecturas de Lope con olor a pluma de almohada. Exhibe la galantería y audacia del gato con botas de Chris Miller: tronco flexible y espigado, rostro limpio cruzado con un fino bigote color miel y atildada perilla.

-Allí aprendí castellano. Por mi cuenta, apostilló confirmando el pálpito.

No errabas ni un ápice. En sus atrevidos ademanes subyace el trajín del traslado de la Corte desde Madrid en enero de 1601. Expectación, curiosidad y suspense. Afán, honor, dinero y contubernio. Mucho contubernio.

En su deambular inquieto se dibuja la cábala de quienes veían en la mudanza más admonición que ganga. Muchos como él pensaban que Valladolid no estaba lista para acoger un aluvión de ministros y adláteres. Por decir, el agua corriente y el alcantarillado eran escasos para la evacuación de aguas fecales. El Esgueva, atravesando la ciudad de este a oeste, se convirtió en pozo sucio y maloliente. La multiplicación de la urbe lo convirtió en un muladar hediondo. No es de extrañar que a los visitantes les sorprendiera tanta suciedad. Debía ser la más sucia tierra de España, de peores lodos y olor más pestilente. Las epidemias, especialmente el tabardillo y el tifus, hicieron su agosto.

Con todo, la cloaca más odorífera transcurría bajo alfombras de almidón. Sobre ellas arrastraba sus suelas, como un ciempiés, la manzana más podrida que dio el vergel de la historia española. ¡Y ya es decir! Gurtel, Faisán, Taula, Lezo o Pokemon son simples boñigas al lado del pudridero levantado por Francisco Gómez de Sandoval y Rojas. La mierda que desprendían sus fechorías alcanzaba las costas de Cuba y Puerto Rico.

Nombrado duque en 1599, acumuló más prebendas y mercedes que estrellas tiene la Vía Láctea. Además de Lerma, la Ventosilla y las posesiones del marquesado de Denia, adquirió villas hasta reunir un patrimonio como cuarenta poceros de Seseña. Con precisión de cirujano, enchufó a amigos y parientes con ERE’s y puertas giratorias, procurando a sus hijos hábito o encomienda militar, antesala de títulos nobiliarios. Al verano siguiente se le nombró regidor perpetuo del Concejo de Valladolid, con una paga anual de cuatro mil ducados. Con todo, su jugada maestra aún estaba por llegar: comida la oreja del rey para el traslado de la Corte, se le facilitaba la compra del palacio del marqués de Camarasa, frente al convento de san Pablo, por 30 millones de maravedís. Alicatado hasta el techo fue vendido a la Corona a los pocos meses por cerca de 65 millones de maravedís como morada de los monarcas. Éstos, a más inri, nombraron al artista alcaide perpetuo con un salario añadido de mil doscientos ducados.

Percibiéndote obnubilado, el joven te puso, con respeto, la mano sobre el antebrazo.

-Te enseñaré algo.

Echó un ojo a su reloj de pulsera y descendisteis cuatro tramos de una escalera metálica a la velocidad del rayo. Sus zancadas le hacían bajar los peldaños de dos en dos. De repente se abrió un espacio tenebroso y el murmullo de las plantas superiores se desvaneció. Te asaltó una curiosidad rayando la inquietud. Un intenso olor a humedad penetraba hasta los huesos. ¿Qué querría mostrarte?

Encendió una linterna que de primeras iluminó la chapa adherida al pecho de su camisa: Mikolaj Zawlocki.

-Te mostraré una cloaca de verdad, propuso con acento de Viggo Mortensen.

-¿Cómo?

-Mira.

Alumbró un orificio abierto en la pared como la boca de un hipopótamo. Trazas de moho sobre el ladrillo rojizo acartonaban aquella madriguera.

-¿Te atreves a entrar?

Dudaste pero la curiosidad hizo su trabajo. Tras doblar la cintura avanzaste a pasos de tortuga. Con una pizca de vértigo, como cuando sube un niño por primera vez en el tren de la bruja. Las manos sobre las paredes, a tientas, a oscuras. En la caverna podía escucharse el eco de tu propia respiración en una sensación claustrofóbica. Horrible. El pánico fue en aumento y palpaste el temblor en las rodillas. ¿A qué infierno conduciría esta alcantarilla? Después de unos metros, sintiendo la falta de aire, giraste sobre tus pies.

-Basta.

Las canalizaciones del XVII en Valladolid debían ser caminos de pétalos. Y las fechorías de Lerma aroma de lavanda en comparación a la excreción de Iósif Stalin sobre los habitantes de Varsovia. La ciudad, envalentonada por los cataplines de los miembros del Armia Krajowa, se atrevió a lanzar la mayor rebelión civil contra el invasor nazi después de cinco años de ocupación. Era media tarde del 1 de agosto de 1944.

-Los polacos confiábamos en la ayuda del ejército rojo, acampado ya en el margen oriental del Vístula, para culminar la liberación.

Sin embargo, la esperanza fue tan vana como honda la traición. Los rusos esperaron pacientemente la destrucción de la capital polaca, reducida a escombros por la Luftwaffe en cruel venganza. Faltaban pocos meses para terminar la gran guerra. Stalin prefirió que la sublevación fracasara para poder gobernar Polonia a sus anchas durante la Guerra Fría. La vida de doscientos mil civiles fue la bolsa de maravedíes con la que compró la ciudad.

-Si espantoso es hundir las plantas desnudas de los pies en un desaguadero, sentir el nivel de la ciénaga por encima del ombligo es descender al infierno de Dante, te dijo con su innato aire cortesano. O no sé si te lo dijo, pero lo escuchaste.

Habías pisado las huellas de hombres, mujeres y niños en su intento de huir en vano por las cloacas de Varsovia. Con las manos sobre las paredes, a tientas, a oscuras… Atravesando cuarenta Esguevas con los tobillos crujidos a mordeduras de rata.

-Soy el primero de mi familia, después de doscientos cincuenta años, que no empuño un fusil para luchar por la libertad de mi país.

Se te eriza la piel. En silencio ascendimos las escaleras que nos devuelven a la primera planta del Muzeum Powstania Warszawskiego (Museo del Alzamiento de Varsovia). Antes de despedirnos, prometes a su mejor guía, Mikolaj, que te acordarás de él cuando visites Valladolid. Y que escribirás un relato en su homenaje, de sus padres, abuelos y tatarabuelos…

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