Y así es como nuestros tres caballeros andantes se pusieron en camino. No sin cierto temor pero con decisión y coraje. Las gentes que los miraban al partir nada extraño percibían, pues solo veían las viejas capas, arrugadas y gastadas por el paso del tiempo a causa del viento frío y la lluvia. Hacía más de diez años que un enorme dragón, de nombre Coagulus, tenía atemorizada a las indefensas gentes. Los más jóvenes, abonados de miedo, no se atrevieron nunca a hacerle frente.

-Ahora no puedo, Yolanda, te dije que no me pasaras llamadas.

-Disculpe, pero es del colegio de su hijo… Es la directora y me asegura que es urgente.

-¡Qué demonios querrá otra vez esta mujer…, a ver si se jubila ya!, exclamó izándose sobre el sillón como una Juana de Arco.

-Pásame al móvil, por favor.

El reloj dibujaba las once de la mañana en la barra superior del MacBook. Sobre la mesa de trabajo, una taza de porcelana con un dedo de té verde y un bonsái daban color a un mantel estampado de CV’s. Desde primera hora había estado realizando entrevistas para cubrir dos vacantes del departamento de producción. 

-No es sencillo encontrar buenos ingenieros. 

Anclados los conocimientos técnicos, buscaba disponibilidad absoluta para viajar y, sobre todo, adaptación a situaciones cambiantes. La empresa está en fase de transformación cultural y es preciso contar con profesionales que sepan lidiar con los desafíos de los nuevos tiempos. Gente que quiera comerse el mundo, en definitiva.

-Os he dicho que no me paséis tíos mayores de cincuenta, repitió al responsable de selección, un joven de Alcobendas con manos de violinista.

-Pensé que estos dos aportan lo que buscamos, añadió levantando los documentos. 

-No insistas.

-Pues tienen un perfil inmejorable y gran experiencia.

-Jaime, créeme, una persona de esa edad no puede tener las capacidades que buscamos ni la tolerancia al estrés que requiere el puesto. A partir de cierta edad la gente se arruga.

-Pero… 

-Nada de peros. No quiero carcas, ¿entendido?

Estefanía es directora de Recursos Humanos desde hace tres años en AGE Ltd, una multinacional de la cosmética con sede en Birmingham. Fue una niña precoz, aprendiendo a andar bastante antes que Andrés, su hermano gemelo. Sus excelentes calificaciones en la Universidad corroboraron una deslumbrante aptitud. Sin embargo, la vida también la ha coronado de alguna espina. Nada más cumplir la treintena, después de meses de hastío, se vio obligada a presentar el finiquito a su marido. Disciplinario, sin indemnización. Se arrepiente enormemente de haberse enamorado de una persona diez años mayor. 

-Lo único bueno de aquella relación es mi pequeño Quique, suele confesar en privado.

Recuperada del contratiempo, tiene la mente condensada en su carrera profesional. Admitida como una ex alumna en el universo de los single, ha aprendido a disfrutar de la vida de una manera diferente y el carpe diem asoma a su obstinada sonrisa. Va al gimnasio dos tardes en semana y cuida la dieta con el mismo esmero que a su pequeña gata. Se ha dejado crecer el cabello oscuro que favorece su piel morena. Los ojos rasgados y pómulos barnizados añaden pimienta a sus formas de Marilyn.

-¿Cómo? ¿una caída en el patio? 

Recogió el bolso apresurada, soplando un mechón de pelo que le caía sobre la nariz.

-¿Qué ocurre?

-Luego te cuento, Jaime. Llama por favor al resto de los candidatos y suspende las entrevistas de la tarde.

Pero si se hubiesen fijado bien habrían notado el fuego que ardía por dentro a los veteranos recién llegados y que, iluminando sus rostros, les devolvía, en cierto modo, aquella primera juventud. Y así se dispusieron a atravesar mares y ríos, colinas y montañas, bosques y desiertos, ignorando qué peligros tendrían que afrontar a lo largo del camino. Y si, finalmente tendrían éxito en su arriesgada empresa. Pero de lo que no tenían ninguna duda era de que, si algún día volvían sanos y salvos, ya nunca serían los mismos.

En menos de quince minutos atravesó la barrera del parking del Hospital “Santa Cecilia”. En sus ojos se transparentaba un palpitar agitado y, como un boxeador a punto de salir al ring, su rostro se tensó al poner un pie en el ascensor.

-Hay que operar con urgencia para reducir el hematoma cerebral, le trasladó inmediatamente uno de los cirujanos con la voz entrecortada. Tragando saliva, abría y cerraba una carpeta preñada de informes. Era un médico alto y muy delgado, con rasgos marcados, de unos treinta y pocos años. 

-¿Saldrá adelante? 

-No lo sé, la verdad. La cosa está complicada, asintió sujetando los papeles debajo del brazo y vertiendo una mirada de raíz cuadrada.

-¿Cómo que no sabe?

-Veremos qué nos encontramos…, estas situaciones son una lotería, soltó mordiéndose el labio.

Estefanía miró al suelo y se giró, dando un par de pasos hacia la ventana suplicando al cielo respuestas inmediatas. Negaba con la cabeza, anhelando que todo fuera una pesadilla. Sacó de su bolso un pañuelo y restregó sus ojos humedecidos. 

Volvió sobre sus pasos al percibir que el médico ya había abandonado la sala. Si hubiera podido le hubiera dicho cuatro cosas. Sacó su teléfono buscando instintivamente a su madre en la lista de contactos, aunque frenó su impulso. No sabía qué hacer. 

Al instante se oyeron pasos al otro lado de la puerta. Apareció un hombre fuerte, magnánimo, de anchas espaldas. Su barba recortada y encanecida le daba un aspecto de Cid Campeador. 

-Es usted la mamá de Quique, ¿verdad?

Estefanía levantó la vista tapándose la boca con las manos.

-Verá…

Pareciera que el mundo se hubiera detenido. Estefanía sintió cómo toda su existencia se concentraba en unos segundos. Se sintió al borde de un acantilado. Tuvo la sensación de poder masticar el tiempo.

-¿Ve usted estos caballeros?, indicó a la mujer señalando un cuadro con marco de cristal colgado en la pared opuesta. 

Era un dibujo realizado con trazos infantiles: un campo abierto en oscura noche, una luna llena con pestañas y un bosque de cuatro árboles con manzanas gigantes, unos hombres trazados con cuatro líneas y al fondo una cueva por la que asoma un gran dragón coloreado en un verde tan grueso que pareciera estar pintado con saña. 

-No me venga con bromas, se lo ruego…

El doctor dejó transcurrir unos segundos antes de contestar, como acostumbran los hombres de linaje.

-Los tres van con la cabeza alta hacia el cumplimiento de un imposible…, continuó con voz grave.

A Estefanía le vino a la cabeza el cajón donde Quique guarda decenas de dibujos. Depositó su mirada en la pintura, aunque de manera inconsciente la trasladó a las manos del galeno, unas extremidades curtidas por la edad pero firmes como una soga de amarre.

-¿Qué quiere decirme, doctor? No me venga con rodeos si tiene que confirmarme la peor noticia…

El hombre se giró y mesó sus encanecidas sienes, insistiendo en la mirada en el cuadro.

-Siempre lo contemplo en momentos críticos. Y como comprenderá, aquí sucede con frecuencia. 

-No le entiendo. 

-Algunos dicen que soy un romántico. O un carca… , reconoció mientras la mujer bajaba la mirada al suelo antes de soltar un suspiro capaz de hinchar tres globos.

-Por favor, ¡no estoy para dibujos!

-Disculpe.

Estefanía sintió un vacío en el estómago como cuando un coche sube un cima y, de golpe, desciende por el lado opuesto. Mientras le ardían las mejillas, las manos eran tímpanos de hielo.

-Además, solo veo dos caballeros, puntualizó dejándose llevar por su instinto corrector. Usted dijo que había tres…

El doctor dibujó una mueca que acentuó sus procaces patas de gallo. 

-Venga, por favor.

Asió el antebrazo de la mujer acompañándola a tomar asiento. De su bolsillo sacó un papel doblado en cuatro partes. Estefanía cerró los ojos y barruntó la peor de las crónicas. Le temblaban las rodillas. Presintió que en la ligereza de aquellas líneas se sostenía la mayor de las condenas. Hubiera preferido que una piedra de granito la aplastara antes de que el doctor leyera el fatídico contenido. 

-Alguien dejó escrito esto, hace unos meses, al lado del cuadro. 

La mujer tomó el papel y lo apretó en su mano haciendo una bola. Soltó a llorar y se sintió desangelada, entregada por completo al apocalipsis. 

-Todo va a ir bien, replicó el doctor antes de mirar el reloj y girar sobre sus pasos.

Estefanía levantó la mirada desconcertada. Trató de calmar su respiración. 

-¿Entonces?

-Tranquilícese y espere noticias.

No supo qué pensar. Su mente giraba como una peonza. 

-¡Doctor!

El galeno volvió la cabeza justo antes de desaparecer.

-Será usted quien va a operar a mi hijo, ¿verdad? 

Este relato forma parte del libro ABUELOS, NUNCA ES TARDE PARA EMPRENDER (Alienta Editorial, 2019), vinculado a www.abueloslapelicula.es

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