Sam Bartram no temía la soledad, aunque nunca le faltó al respeto. Con siete años ya bajaba a la mina y en su tierna espalda se dibujaron los arañazos propios de la aspereza del subsuelo. Cuando se sumergía un centenar de metros, o quizá más, su imaginación lo transportaba a las entrañas de una enorme ballena. Lejos de atenazarlo, confiaba ciegamente en la maternal benevolencia del cachalote. 

Con los años cultivó destreza para el balompié, aunque sus mejores armas fueron unas manos portentosas. Cargar piedra había convertido sus extremidades en dos enormes capazos. Después de escalar por las categorías inferiores, alcanzó la portería del Charlton Athletic Club de la primera división inglesa.

La tarde de Navidad de 1937, su equipo visitó Stamford Bridge, estadio del altanero Chelsea. El ambiente festivo del Boxing Day contagió el juego y el marcador señalaba al descanso un candoroso reparto de goles. Los jugadores agradecieron la tregua que fue aprovechada para sacudir el barro de las medias y cepillar unas botas de cuero que eran leño. Al comienzo de la segunda mitad, el Charlton comenzó timorato como era su costumbre. Sin embargo, el equipo fue ganando confianza hasta someter a su oponente a una presión que culminó en asfixiante. Desde el arco, Sam vió cómo sus compañeros domaron a los bravucones londinenses hasta convertirlos en marionetas. No recordaba un dominio tan abrumador, rayando por momentos la displicencia. El guardameta, aún así, mantuvo sus muslos tensionados por temor a un repliegue. 

Los minutos avanzaban, la noche se echó encima y con ella una niebla espesa como el puré. Sam veía menos y menos a los jugadores. Estaba seguro de que dominaban el partido pues no le llegaba un balón. ¿Y no hacía ya un rato que le botaron el último córner? Aunque también era obvio que su equipo no lograba perforar la puerta contraria. De otra manera sus compañeros hubieran vuelto a sus posiciones de defensa y alguno tenido el detalle de acercarse a darle una palmada. Se habrían escuchado igualmente algunas voces del festejo desde el banquillo.

El alboroto del graderío fue decayendo como un viejo tocadiscos. La bruma todo lo envolvió hasta poder beberse. La vista no alcanzaba más de dos metros. Llegó un momento en que a duras penas podía distinguir el color de sus medias. E identificar el punto de penalti era encontrar una aguja en un pajar. Sam llevó su mano a la boca y gritó un ¡vamos! con la esperanza de recibir devuelto otro ¡vamos! que nunca llegó. Por un instante se sintió solo, como un vaso de agua olvidado en una mesilla de noche. De vez en cuando estiraba sus brazos de nadador para evitar convertirse en una estalactita pendida del larguero. De repente se agitaba dando unos pasos –pequeños brincos con sus piernas de alambre- que volvía a retroceder inmediatamente con el celo de un guardia hacia su garita.

La quietud y la abstracción invadieron su mirada melancólica y pálido cuello. Lejos de torcer el gesto volvió a sentir el inconfundible y sugerente sabor de la orfandad. Ni siquiera comparable con el pavo con ciruelas que cenaría esa Nochebuena sin más compañía que los villancicos escupidos por una vetusta radio. A pesar de una presencia sobria y austera, nadie trató a Sam con tanta delicadeza como su propia sombra. El brillo tenue y silencioso de la soledad embriagaba su interior como al niño sumergido en las tripas de la majestuosa ballena. No era capaz de explicar tan mágico embelesamiento, ni con nadie lo había compartido, pero su vivencia se tornó adictiva. A su vera hallaba su yo más hondo, en esa recóndita nostalgia donde sólo un alma reconoce una caricia. La contemplación de ese destello delicado confirió a Sam la permanente confianza en un cobijo maternal, o sobrenatural, que le acompañó toda la vida. 

Al cabo de un rato, un agente de seguridad se le acercó por detrás y le increpó:

-¿Qué haces?

-¿Cómo?, respondió el guardameta sin volver la cabeza desconfiando de un contragolpe del Chelsea.

-El árbitro suspendió el partido hace quince minutos. ¡No queda nadie en el estadio!

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