Viste a diario traje de chaqueta cruzada en consonancia con la dualidad de su temperamento. Clásico en exceso si nos atenemos al desparpajo que cincelan sus noventa y dos otoños. Varón de estampa galdosiana, tez curtida, bigote de otra época y pupilas incandescentes. En la suela desgastada de sus zapatos se intuyen mil y un insomnios asociados al mérito de encarnar la enésima generación de un robusto negocio.

Don Basilio Gallego es de esos tipos que te obligan a renovar de continuo la opinión que tienes sobre ellos. Metódico y concienzudo a primera vista, no puede ocultar un aderezo de improvisación que le inclina, cada cierto tiempo, a un colpo di scena. Sus ocasionales salidas de tiesto enervan al consejero, Basilio junior y, sobremanera, a Marta Ferrero, directora de RRHH, celosa hasta el extremo de la cancha que delimita su responsabilidad. Fichada a golpe de talonario hace un par de años, ha enderezado la gestión de la plantilla con un giro al clima laboral, contribuyendo, sin duda, a alcanzar una facturación de doscientos millones. Euro arriba o abajo. En su haber está una política de comunicación interna sumamente eficaz, capaz de mitigar los bulos hasta entonces habituales entre el personal. Se siente orgullosa de haber fumigado el coronavirus de la rumorología.

El viejo presidente accede de costumbre desde el garaje hasta la planta noble, donde tiene habilitado, más que un despacho, un safari -en flora y fauna-. Allí transcurre las mañanas, lupa en mano, resolviendo sopas de letras sobre su mesa de caoba y hablando a media docena de cabezas de venado, o quizá más, que atienden sus peroratas. 

-Sin pestañear, como debe ser una escucha activa sin mandangas, sostiene con su voz de John Wayne para desesperación de Marta. 

Cada dos por tres flirtea con la rutina y se sumerge en las tripas de la ballena de cristal que es aquel edificio inteligente de doce plantas, sin contar el aparcamiento. Sabe de la osadía, pues el camino de vuelta a sus pasatiempos no es más sencillo que averiguar dónde demonios ha dejado sus gafas. Tentado está de echarse al bolsillo una brújula que conserva de la posguerra. De esas antiguallas de las que dices que van como un reloj pero en realidad no sabes si todavía funcionan. O si lo han hecho alguna vez.

Toma el ascensor para mezclarse entre la algarabía que animan más de quinientos empleados subiendo y bajando a sus puestos como en una trashumancia. Apoyado en su bastón, le fascina dejarse caer de forma imprevista por esos vericuetos donde huele a café -o a otras cosas-, las manos descansan en los bolsillos y se relajan los nudos de las corbatas. Siente rejuvenecer destilando un buenos días, ¿cómo va todo? o un a usted no lo conozco, ¿o sí? entre quienes aguantan el tipo y no disimulan un repentino apretón de vientre o una urgente llamada de mamá.

Un viernes, Marta Ferrero se vio alarmada por la queja de varios gerentes de la empresa. Sentados alrededor de su tabla redonda, advirtieron de que había comenzado a circular un pernicioso algunas cabezas penden de un hilo. Aquello la sorprendió pues, muy al contrario, estaban en marcha varios procesos de contratación para ampliar determinadas unidades. Así se lo hizo ver a los directivos, quienes, con una pizca de resquemor, permanecían con gesto de raíz cuadrada. A ello contribuía su pertenencia a la estirpe de los ingenieros.

-¿Dónde demonios nace esa mentira?, se interesó irritada, resoplando sobre un mechón de pelo que caía sobre su nariz. Cuando se encrespa, tiene por costumbre levantarse de la silla, girarse como una diosa y, en un arrebato, acercarse a la vitrina y desordenar para volver a alinear media docena de McGraw-Hill.

Después de dos horas de disertación, los responsables salieron convencidos del sinsentido de la comidilla. Aunque con la suspicacia de que todas las directoras de RRHH son una Ana Bolena esgrimiendo letanías y almidonando realidades. Lo cierto es que pusieron manos a la obra para acallar el runrún, lo que moderó su envite.

Aún así, el populacho seguía con el gusano detrás de la oreja. Fuentes del todo fidedignas sostuvieron que ciertamente las cabezas pendían de un hilo. El globo del cuchicheo se inflamó y los sindicatos se soliviantaron como solo ellos saben hacer. Al cabo de dos semanas, la plantilla se dividió, en lucha sin cuartel, entre los creyentes del bisbiseo y quienes abogaron por un inocuo retorno a la simplona murmuración. El histerismo se hizo insostenible. 

Uno frío lunes, Chelo y Javier, técnicos de producción, echaban un cigarro en la puerta. 

-Menudo revuelo hay montado.

-Lo dices por el ere, ¿no? 

-Yo ya he actualizado mi CV, por si acaso…

-No sé si creer a los de Informática, ya sabes cómo son.

-Estupideces. Conozco bien a Luis Arteaga y asegura que escuchó que teníamos el agua al cuello, o algo así. 

-Entonces quizá solo vengan los recortes en su departamento. Todos sabemos que se tocan un pie.

-Olvídate Chelo, me ha confirmado Juana que oyó a Eusebio Lozano asegurar que hasta el mismo presidente advirtió que estábamos a punto de morir ¡en el patíbulo! Y que no daba dos duros por ninguno.

-¿El presidente? ¡Qué desconsideración!

-¡Dos duros! 

-No me lo puedo creer, ¿en eso nos valoran?

Se les acercó una administrativa con veinte años de antigüedad. Destacaba por su pelo violeta y cejas rasuradas. Mientras encendía un Marlboro, terció en la conversación.

-No sé, al principio dijeron que los ajustes solo afectarían a la planta de Jazmín Escribano. 

-¡Pues estás equivocada, parece que el ere será de órdago!

-Vamos a mantener la calma. Desde RRHH han asegurado a mi gerente que todo es mentira.

-¡Qué ingenuo! Como dijo el capullo del presidente, ¡todos al patíbulo!

Era conocido que la citada Jazmín, directora comercial, no había alcanzado los objetivos del año. Además no caían del todo bien sus artes de prestidigitadora. Hasta el mismo don Basilio sostenía que estaba como una regadera y que le fallaba el riego al cerebro.

-Pues yo entendí que también desaparecerá el proyecto que lidera Azucena, añadió un hercúleo conserje sin arte ni parte.

-Pobre Azucena. Nada…, que tenemos los días contados. ¡El ere está al caer!

La directora de RRHH trinó al ver cómo el buzón de incidencias estallaba como el de los Reyes Magos. Había hablado con unos y otros, aquí y allí, tratando en vano de sofocar un fuego de difícil extinción. Echó horas y horas atando cabos como una Sherlock Holmes. Activó un plan urgente para recabar pesquisas y durante una semana sus dos hijas la echaron de menos a la hora de dormir. El hedor era insoportable y estaba en entredicho su política de comunicación.

Viernes, una de la madrugada. Tronaba, granizando torrencialmente sobre Madrid. Desde la autopista se divisaba, a través de los parabrisas salpicados de aguanieve, una tenue luz en el corazón de la ballena de doce plantas. Era el despacho de Marta, descalza de sus negros zapatos de ante, más delgada, párpados a punto de estallar y un marido en casa atado al ansiolítico mascullando lo que no era. Depositó un azucarillo en el café -el penúltimo- en el que vio disolverse su crédito igual que en una tómbola. 

-No queda más que el honor, que no es poco, susurró resignada, recordando el fail again, fail better de Samuel Becket, al que se agarró como un salvavidas. 

Con desazón y entereza a partes iguales abrió el correo electrónico para escribir la carta de renuncia. Estaban en juego salud, matrimonio y dignidad, quizá no en este orden. Una lágrima, mitad impotencia mitad desasosiego, se deslizó por su mejilla. Como su carrera por el inodoro. Al retirar una pila de documentos, advirtió la propia decadencia en el bonsái que adornaba su mesa, mustio y seco como un cartón. 

Y en esa mirada circunspecta, un grillo llamó al timbre de su mente embotada. Colmó sus pulmones como no hacía desde los tiempos del coro de la Complutense y calzó de nuevo los tacones. En un arranque de carácter anudó su melena desmadrada para, seguidamente, vaciar un dedo de agua sobre el bonsái. Y recompuso como un puzle, en su mente de Atenea, los miles de chismes, murmullos, patrañas, cotilleos, diretes, malentendidos y elucubraciones que habían entrado por la gatera. 

Halló la pieza que a todo daba sentido. Recordó haber escuchado ella misma repetidamente, en boca del díscolo Matusalén con chaqueta cruzada y bigote de otra época, que a las plantas del hall les faltaba agua. Y si no se regaban de inmediato morirían de forma irremediable, amenazando con su voz grave, erre que erre, ascensor arriba, ascensor abajo. Especialmente el jazmín y las azucenas del vestíbulo. Si volvía a verlas así, él mismo como presidente tomaría la regadera y las colmaría una a una hasta el cuello. Todo por no instalar un riego de cabezal de hilo que vale ¡dos duros! 

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