Una sábana de estrellas cubre el corazón de Zambia. En el poblado todos duermen sobre hojas de zamioculca. Todos menos el viejo Chimwamsozi, recostado con sus asenderadas rodillas contra su pecho. Como un erizo, anticipa horas embarazosas. Es el varón de mayor edad. En realidad, el único de su generación. El resto fue devorado por los cocodrilos al poco de nacer. Por eso su nombre significa “bebedor de lágrimas”. 

Permanece intranquilo, más bien azorado. Sus viscosas pupilas se asoman a las cataratas del desasosiego. El esplendor que atraviesa la techumbre de su choza acaricia sus sienes de color caoba. Agradece la empatía de la luna menguante.

La nitidez ha huido de su vista de un tiempo a esta parte. Ello limita la brillantez de las liturgias que preside desde hace un sinfín de eclipses. Incontables si se atiende a los pliegues de su frente. Una semana atrás, necesitó varios golpes de machete para acertar en las tripas de una gallina engordada. Ninguno de los testigos quedó indemne al géiser de sangre y pluma. Los Ndabu han comenzado a cuestionar su ceremonial y la eficacia de la intercesión con el más allá. Tampoco los continuos tropiezos de sus pies ayunados de vigor hablan bien de su brújula en más acá.

Restan treinta minutos. La discusión se desencadena bajo la soberbia de un sol justiciero. 

-Su pericia ya no es la misma que antaño, reclaman los más vehementes en estado de paroxismo, jóvenes en su mayoría embadurnados de grasa y ocre. Algunos se atreven a cuestionar la jerarquía del anciano.

Otros, en cambio, apuestan por la confianza mientras no dejan de acariciarse sus huesudos codos de ébano. La suerte estará echada en menos de veinte minutos.

-¡Pero nadie como él conserva el favor de los dioses!, claman las mujeres adornadas con collares de abalorio confundidos con las negras perlas de sus pechos.

-¿Pero acaso no veis cómo le tiembla el pulso?

En quince minutos todo se resolverá. El debate se vuelve bronco y las lanzas afiladas se asoman al cielo abierto. Se escucha a lo lejos el sonido vocálico de los macacos. Chimwamsozi se agacha y escupe saliva en la tierra. Nadie se atreve a hablar mientras dibuja círculos con el dedo. En el trazo incierto parece interpretarse la fugacidad del antílope y el suceder de la flor salvaje.

Los Ndabu están reunidos bajo el árbol de la leche. Las últimas brasas emanan un fuerte olor a sesos e intestinos de ganado. Se toma una decisión definitiva. Se impone el respeto a la tradición en menoscabo de la efervescencia del rito. La experiencia y, por encima de todo, la íntima conexión del anciano con lo sagrado, ganan el duelo. El respeto a la sabiduría del “bebedor de lágrimas” inclina la balanza.

Últimos dos minutos. Ha llegado el momento. Suenan los tambores e irrumpen las danzas. Los más jóvenes tiemblan. Alguno ha echado a correr despavorido dejando atrás a un lince. El chamán, vestido con chilaba de rombos amarillos, toma el cuchillo con la mano derecha. A continuación frota sus ojos con tierra húmeda y recupera su sonrisa ancestral. Da comienzo la ceremonia de la circuncisión…

¡Se acabó! Los cuarenta minutos de la sesión de ZOOM siempre culminan en lo más interesante. Cuando todo vuelva a la normalidad, echaré de menos las historietas de mi tío Eulogio, el antropólogo. Ojalá esté bien, hoy cumple los ochenta. Aunque desde hace tres días no recibimos noticias desde el hospital. 

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