Desde hace años disfrutamos en casa el período estival. Sin demasiadas alharacas pero tampoco echando nada de menos. Salir de nuestro hábitat es, en realidad, un incordio. A decir verdad, pocos pueden disfrutar de un espacio natural que es una bendición. Ubicado en los alrededores del Great Orme galés, los vikingos llamaban gran monstruo a este corazón de tierra que irrumpe en el mar de Irlanda en forma de península. Hay que imaginar una enorme roca caliza que sobresale dos centenares de metros, como un submarino asomándose a la superficie marina. 

En los últimos meses hemos tenido descendencia y cada vez es más complicado viajar todos juntos. Cuando lo hacemos, parecemos un rebaño. Durante el confinamiento, hemos hojeado repetidamente el álbum familiar. Se remonta a cuando en tiempos de la Reina Victoria llegamos de la India gracias al negocio de la cachemira. Pero con el paso de las semanas nos aburrió tanto la añoranza como la clausura que la despierta. Ahora que los días se alargan, apetece salir pese al nublado de plomo que todo lo sobrecoge en la británica latitud.

Una mañana, el sol venció su timidez. Era final de junio, el veintiocho si no recuerdo mal. Intuyendo que nuestros vecinos permanecían en casa atenazados por la pandemia, nos atrevimos a abandonar el hogar. Quizá fue una temeridad, pero no está de más una cana al aire cada cierto tiempo. Eso sí, con prudencia. Descendimos la ladera siguiendo el cauce de un pequeño arroyo que se precipita a través de las hendiduras de las rocas. Hasta entrar en Llandudno. De habernos visto, la policía habría salido detrás. Y algún desaprensivo sacado la escopeta de perdigones por la azotea. Menudos son estos galeses. 

Lo pasamos en grande. Trinity Square sin coches ni peatones. Nunca había visto así la ciudad. De hecho, ni la conocía. Fue un deleite cruzar los pasos de cebra sin mirar a derecha e izquierda. Nos reímos a carcajadas con los semáforos cambiando de color sin más alcance que el sobresalto de las moscas. Fuimos espiados desde las ventanas igual que en un gran hermano. Descarado el anciano de mejillas rojizas, una especie de Saturno regio y benévolo, a través de los visillos de su coqueta tienda Sacred Knot en Wilfred Street. Incluso salimos en las televisiones de medio mundo. Tampoco fue para tanto, creo yo.

Anduvimos como Peter at his home. A mediodía apretó el hambre y el arbusto caducifolio de ligustrinas se ofreció generosamente. Un verdadero manjar que a buen seguro debió ofuscar al jardinero. Pero no nos veríamos en otra. Y cuando cayó la tarde, dimos por terminado el viaje y tiramos de nuevo al monte. Va en la naturaleza de las cabras salvajes. Aunque seamos kashmiri y vistamos con hebras de delicado pelaje.

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