Brotó en el desierto de mi circunspecto semblante. Se deslizó sin temor ni bochorno con la incandescencia que sólo provocan las yemas de los dedos. El rencor pudo convertirla en hielo mas prefirió vestirse de fábula. Tras resbalar por la mejilla, como vuelo sin motor saltó al vacío. Preñada de conmoción. Tan frágil que le cupo la lealtad de una vida. 

Cayó a plomo después de una fugaz odisea. Discreta y atronadora al mismo tiempo. Astillando el tronco del alma. Sobre el pavimento de hormigón estalló como cristal de Murano la lágrima impotente.

Helga gemía. Exhalando su último aliento. Atropellada en sus patas traseras por quien, dándose a la fuga, sólo llora bajeza.

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