El embrujo de la soledad

Sam Bartram no temía la soledad, aunque nunca le faltó al respeto. Con siete años ya bajaba a la mina y en su tierna espalda se dibujaron los arañazos propios de la aspereza del subsuelo. Cuando se sumergía un centenar de metros, o quizá más, su imaginación lo transportaba a las entrañas de una enorme…