peine

 

Un intenso aroma a pan de sésamo bañado en miel inunda la peluquería del señor Abdul. Con habitualidad castrense, cada tres o cuatro afeitados hace una pausa y saca de un mueble bajo con esquinas carcomidas una pequeña bolsa de papel. Con delicadeza introduce en ella la yema de los dedos y vierte una insignificante nube de alimento sobre un acuario, del tamaño de una televisión, que ameniza el establecimiento. Dos peces espiga de color pálido, casi transparente, dibujan anodinas elipses en el agua macilenta. De cuando en cuando quiebran el paso al son de golpes de tijera, abriendo y cerrando sus bocas perezosas como si desearan beber toda el agua y provocar, así, un giro a su existencia.

De repente, se oyen sirenas procedentes de la zona este de la ciudad vieja de Jerusalén. En la vieja radio se escucha que un varón israelí, padre de familia, yace desangrado con un cuchillo clavado en el abdomen al pie de la parada de autobús próxima a la puerta de Damasco. La policía busca desesperadamente al homicida. Al parecer, un adolescente perteneciente a Al Quds, brazo armado de la facción palestina de la Yihad, escabullido como una anguila entre el laberinto de callejuelas que conducen al concurrido mercado de Mahane Yehuda.

Una manada de soldados israelíes ataviados con chalecos antibalas y el dedo índice en el gatillo de sus fusiles, rastrean la ciudad. Estaba escrito que irrumpirían en casa de Abdul con el mismo ímpetu que si tuvieran encomendada la conquista del Sinaí. Una bocanada de romero y agitados ladridos se hacen presentes al correrse bruscamente la cortina de la entrada, barriendo el pelaje que tapiza el enlosado. El  peluquero interrumpe su quehacer entornando con frialdad sus ojos de color río y niega con un peine de plata fina en la mano izquierda que aquel humilde negocio sea refugio de malhechores.

Ante el arrojo, un acongojado vecino de Belén, sentado frente al espejo, se agita y lleva su dedo al cuello, aflojándose el guardapolvo que protege sus hombros de la lluvia de mechones de pelo. Más cuando su hijo de cinco años, cuyos rebeldes rizos de carbón aguardan turno para el esquilado, con menosprecio gira la cabeza hacia los uniformados y, como si la escena le fuera familiar, plácidamente queda absorto de nuevo en la insolencia que acontece en el interior del acuario.

Mientras la arrebatada soldadesca corre desgañitándose calle abajo con sus botas de cuadrúpedo, los peces beben y beben, y vuelven a beber.

Por ver a Dios nacer.

(Navidad 2017)

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